
La lenga es una especie adaptada a zonas frías y de alta montaña. Su reloj biológico le permite anticipar cambios estacionales, pero pierde precisión ante el calor. En la imagen, un bosque con ejemplares de esa especie en Tierra del Fuego.
Los efectos del calentamiento global sobre los ecosistemas de los bosques patagónicos ya son una amenaza. Un grupo de científicos argentinos comprobó que la lenga (Nothofaguspumilio), uno de los árboles dominantes de la región, comienza a perder la regularidad de su reloj biológico cuando se expone a temperaturas más elevadas. Esa desincronización afecta su crecimiento, supervivencia y podría comprometer la regeneración de los bosques en las próximas décadas.
El estudio fue liderado por equipos del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA), del Instituto de Recursos Biológicos (IRB) y del Instituto de Investigaciones Forestales y Agropecuarias de Bariloche (IFAB). Se publicó a principios de este año en la revista científica New Phytologist y ofrece una mirada inédita sobre cómo el cambio climático afecta mecanismos fisiológicos profundos en especies forestales nativas.
La lenga es un árbol que ocupa el estrato superior de los bosques andinos patagónicos, entre los 1000 y 1700 metros de altitud. Cumple funciones ecológicas esenciales, regula el ciclo hídrico, contribuye a la captura de carbono y ofrece refugio a numerosas especies.
El reloj circadiano
El oscilador circadiano funciona como un “marcapasos interno” que regula los ritmos de los seres vivos en función de los ciclos ambientales, principalmente luz y temperatura. En plantas, este sistema controla procesos clave como la fotosíntesis, el crecimiento y la tolerancia al estrés.
En el caso de la lenga, los investigadores comprobaron que su ritmo circadiano, afinado durante miles de años para responder al clima frío de la alta montaña, se desorganiza cuando la planta es expuesta a temperaturas elevadas. A través de experimentos de trasplante, cultivo controlado y estudios genéticos, compararon su comportamiento con el del Roble Pellín (Nothofagusobliqua), una especie emparentada que crece en entornos más bajos y templados.
“Nos motivó a estudiar la lenga porque es una de las especies más abundantes de los bosques andino-patagónicos, se distribuye en todo el rango latitudinal y parece ser especialmente vulnerable a las temperaturas cálidas. Teníamos la hipótesis de que temperaturas más altas que pueden darse a partir del calentamiento global, y que nosotros logramos simular en los ensayos en altura, podrían afectar su reloj circadiano. El mayor desafío técnico fue que no sabíamos nada de estas especies, tuvimos que poner a punto toda la bioquímica, secuenciar el genoma, etcétera. Por eso nos llevó 10 años el trabajo”, explicó la investigadora Verónica Arana, del IFAB, que depende del Conicet y el INTA.
Una señal de alarma en la regeneración forestal
Las pruebas incluyeron ensayos en viveros y análisis en el bosque patagónico a través de experimentos de trasplante altitudinal. Los investigadores trabajaron con plántulas de dos especies típicas de la Patagonia Norte: el roble pellín y la lenga. Aunque comparten la región, cada una habita en altitudes distintas, el roble se encuentra en zonas bajas y cálidas, mientras que la lenga prospera en áreas más altas y frías.
En los ensayos bajo condiciones controladas, los científicos analizaron cómo influye la temperatura en el funcionamiento del reloj circadiano de ambas especies. Para eso utilizaron incubadoras y expusieron las plántulas a diferentes condiciones de luz (luz continua o ciclos día/noche). Luego extrajeron ARN de las hojas para estudiar cómo se activaban los genes relacionados con el reloj interno.
Por otro lado, en los experimentos realizados en el bosque, trasladaron las plántulas a dos niveles altitudinales (680 y 1340 metros), donde permanecieron durante un mes. Luego, regresaron al lugar a realizar un campamento que les permitiera recolectar muestras cada tres horas durante dos días seguidos, para así poder observar el comportamiento del reloj circadiano en cada ambiente.
Las plántulas de lenga trasladadas a zonas más cálidas mostraron menor tasa de supervivencia y mayor vulnerabilidad a factores externos, como la radiación o la falta de agua.
En contraste, el roble pellín mantuvo su ritmo interno más estable, lo que se corresponde con su tolerancia natural al calor. Según los autores, esto indica que la plasticidad del reloj circadiano puede ser un factor clave en la adaptación al cambio climático.
“Lo que nos está indicando el estudio es que esta especie (la lenga) tiene una vulnerabilidad a las temperaturas cálidas, por que ciertos escenarios de cambio climático en algunas partes de la Patagonia podrían hacer que su regeneración se vea comprometida”, dijo Arana.
Consultada acerca de otras líneas posibles de investigación a partir de este hallazgo, la especialista respondió: “Como aprendizaje de esta investigación, aunque en este momento tenemos todos los proyectos parados o fueron terminados por el Gobierno nacional, estamos buscando genotipos de esta especie que tengan resistencia a condiciones de mayor temperatura. En términos del funcionamiento de su reloj, ya conocemos la genética y cuáles son los componentes, tendríamos un camino un poco más llano para encontrar aquellas poblaciones, genotipos o individuos que puedan mantener ritmos circadianos robustos a temperaturas un poco más cálidas”
El reloj como límite adaptativo
En los últimos años, la lenga ha sido objeto de creciente atención debido a su vulnerabilidad frente a incendios, sobreexplotación y eventos climáticos extremos. Si su ciclo vital se ve alterado, todo el ecosistema podría desestabilizarse.
Este estudio aporta un hallazgo inédito e identifica una barrera fisiológica que hasta ahora no se había documentado en especies forestales nativas. Se trata del desajuste del reloj circadiano como límite crítico frente al calentamiento global. Más allá de su relevancia científica, el descubrimiento tiene aplicaciones concretas. Comprender cómo responden los árboles nativos a su entorno permite diseñar estrategias más efectivas de manejo forestal, restauración ecológica y adaptación frente a la crisis climática.
Consultado sobre esta problemática, el técnico en Información Ambiental Eduardo Díaz señaló: “En el contexto actual de cambio climático, el manejo sostenible del bosque patagónico tiene que evolucionar: no alcanza con controlar incendios o regular las talas, es indispensable considerar la resiliencia fisiológica de las especies. El concepto de ‘barrera fisiológica’ como límite adaptativo frente al calentamiento global es un aporte novedoso que debe ser integrado en los planes de conservación y en la política forestal”.
¿Qué se puede hacer?
Los autores de la investigación sugieren que este conocimiento puede ser útil para identificar genotipos más tolerantes al calor dentro de la misma especie, o bien para ajustar los programas de restauración ecológica. También proponen estudiar la variabilidad genética de la lenga en distintas regiones (como el sur de Chile o Tierra del Fuego) para evaluar si existen poblaciones con mayor plasticidad circadiana.
“Estos conocimientos podrían ser aplicados, contando con las herramientas y los medios para investigar, a otros cultivos agrícolas. Tenemos un proyecto, que en este momento se encuentra detenido por falta de financiamiento, donde estamos cruzando datos de esta especie con los de otras plantas que se usan para biocombustibles, como el mijo, tratando de identificar elementos o vías regulatorias comunes entre especies que están muy alejadas filogenéticamente. Queremos realizar un estudio general que nos permita obtener un atlas génico de componentes que estén vinculados con la respuesta a estrés en estos árboles y validarlo funcionalmente para su uso en la agricultura”, señaló la líder del proyecto.
Lo que hoy se descubre en los bosques del sur puede convertirse en una herramienta para enfrentar los desafíos del clima global. El estudio sobre el reloj biológico de la lenga no solo aporta respuestas sobre el presente, también abre nuevas preguntas sobre cómo sostener la vida en escenarios cambiantes. Comprender cómo responden las especies nativas al estrés ambiental es clave para conservar los ecosistemas que aún resisten. Pero para que ese conocimiento se transforme en soluciones concretas también se necesitan políticas científicas sostenidas, financiamiento estable y decisión estratégica.


