
La iniciativa nació como respuesta al aumento de las problemáticas de salud mental en niñas, niños y adolescentes, agravadas tras la pandemia por el aislamiento, la fragilidad de los vínculos, la sobreexposición a las redes y la dificultad para proyectar el futuro. En Moreno, donde el incremento de las conductas suicidas impulsó el fortalecimiento de las políticas públicas de prevención, la escuela decidió asumir un compromiso propio a partir de una idea de fondo. EL rasgo más innovador del proyecto es que ubica a los propios adolescentes en el centro de la escena, no como destinatarios de una campaña, sino como protagonistas que observan, escuchan, acompañan y cuidan a sus pares.
Desde el comienzo, el proyecto se articuló con el Programa ACAIAS (Abordaje Integral de las Conductas Autolesivas con Ideación Suicida) y, más tarde, con la Subsecretaría de Salud Mental del Municipio, en un modelo de trabajo conjunto entre el sistema educativo y el sanitario. El acompañamiento y el respaldo posterior de la subsecretaria de Salud permitieron que las capacitaciones trascendieran el aula y llegaran incluso a espacios hospitalarios.
La primera escucha, en lugar del diagnóstico
El corazón de la propuesta es una decisión metodológica no tan frecuente. La escuela no realiza diagnósticos psicológicos, en su lugar apuesta por la “primera escucha”, sostenida en la observación cotidiana. Docentes y estudiantes, que comparten día a día las trayectorias escolares, están en un lugar privilegiado para advertir cambios en el ánimo, la participación, el rendimiento o los vínculos. Esa mirada atenta funciona como punto de partida para acoger, contener y, cuando hace falta, activar a tiempo los dispositivos especializados de salud. La escuela no reemplaza a los profesionales, fortalece su rol pedagógico como espacio de detección temprana y de construcción de factores protectores.
Para quienes lo sostienen, el proyecto también reconfigura el rol docente. “Es un tema que siempre fue tabú, que se escondió, que se intentó tapar. Es una oportunidad muy grande”, resume una profesora de Prácticas del Lenguaje que participa de la propuesta que prefiere no dar su nombre. Cuenta que la experiencia le abrió “puertas y caminos para trabajar con los adolescentes que están padeciendo esta situación”, y que el aula se volvió “un lugar donde los chicos se pueden expresar”. Para ella, abordar la salud mental en la escuela es hoy una necesidad ineludible, y advierte que debería trabajarse “no solamente en escuelas específicas, sino en todas”.
Estudiantes que se forman como promotores
La Comisión Institucional de Salud Mental está integrada por adolescentes de distintos cursos y edades, coordinada por la dirección del colegio, a cargo de la profesora Analía Medina Peñuela, junto a un equipo docente comprometido. No hay requisitos de edad, rendimiento ni perfil. El único es el deseo de participar. El grupo reúne a estudiantes con Certificado Único de Discapacidad, jóvenes de diversas identidades de género y trayectorias heterogéneas, y hace de esa diversidad su mayor fortaleza.El porqué de ese protagonismo lo sintetiza la misma docente. “Ellos son parte fundamental. Si trabajamos con adolescentes, necesario trabajar con ellos”.
Son los propios estudiantes quienes diseñan los materiales del proyecto, folletos, campañas gráficas, recursos didácticos y audiovisuales, y crearon una “juegoteca de salud mental” para trabajar emociones, empatía y cuidado entre pares. Además se capacitan en el ámbito hospitalario, donde obtienen su certificación como Promotores en Prevención, un rol que después multiplican dentro y fuera de la escuela.
Valentina, una de las estudiantes que formó parte de la experiencia, la define como “un camino desafiante, pero a la vez importante para conocer distintas perspectivas y situaciones”, y cuenta que aprendió “a ser más empático con el otro, ya que nunca se sabe por la situación que está atravesando”. Deja además un mensaje para quienes atraviesan un momento difícil. “Que no tengan miedo de hablar y pedir ayuda, porque siempre hay alguien dispuesto a escuchar y acompañar”. Para ella, a veces “una pequeña escucha, un gesto o estar presentes para alguien puede hacer una gran diferencia”.
Del aula a la comunidad
El impacto excede a la escuela. Familias que durante años atravesaron el tema desde el silencio y el estigma empezaron a participar y a animarse a hablar de salud mental, y muchos estudiantes se volvieron puentes de esas conversaciones en sus propios hogares. La experiencia también viajó. Fue presentada por los estudiantes en programas provinciales como Jóvenes y Memoria y Decisión Niñez, en ferias de ciencias y en el COSAPRO, donde se la reconoció como una experiencia innovadora de articulación entre educación y salud con fuerte protagonismo juvenil. El Honorable Concejo Deliberante de Moreno la declaró de Interés Municipal.
Los propios estudiantes reconocen esa dimensión. “Es una propuesta en comunidad, intentando también hacer conocer al afuera la situación que hoy en día nos afecta socialmente”, dice Valentina. En el plano escolar, quienes acompañan el proyecto observan mejoras en la convivencia, el respeto entre pares y la resolución dialogada de conflictos, además de avances en la participación en clase y en la confianza de muchos estudiantes. La propuesta se integra de manera transversal con la Educación Sexual Integral (ESI) y se sostiene como un eje del Proyecto Educativo Institucional, con la coordinación de Medina Peñuela en el Nivel Secundario y de Patricia Reina en el Nivel Primario.
El próximo paso, de la escuela al territorio
La experiencia abrió además una pregunta más amplia. Qué haría falta para que lo que una escuela logró sostener no dependa solo de la voluntad de una institución. Desde la Universidad Nacional de Moreno se trabaja en el diseño de un programa interinstitucional de prevención y detección temprana del suicidio adolescente para el partido, que retome la primera escucha como herramienta central y articule de manera estable los sistemas de educación y salud.
El proyecto en elaboración propone formar a los equipos docentes en el reconocimiento de indicios y en el protocolo de primera escucha, conformar equipos interdisciplinarios de psicología, trabajo social y educación para el trabajo en territorio, y crear una figura que hoy no existe de manera formal, la del Referente de Enlace Salud-Educación. La idea es sencilla. Que aquello que un docente detecta no se pierda en el espacio que separa a los dos sistemas, y que nadie quede solo con lo que escuchó.
Más que una estrategia de prevención del suicidio, quienes lo sostienen describen a “Romper el Silencio Salva Vidas” como una experiencia de promoción de la vida. La prueba de que, cuando una escuela decide escuchar, acompañar y formar jóvenes capaces de cuidar a otros, no solo se transforma a sí misma. Contribuye a construir una comunidad más humana y mejor preparada para sostener la vida.


