
Las conversaciones se interrumpen con facilidad. Alcanzar un acuerdo parecía más difícil que resolver una tarea y trabajar en equipo era, muchas veces, una fuente de conflictos. En un aula de cuarto grado de la Comunidad Educativa Creciendo Juntos, en Barrio Parque, Moreno, compartir todavía era un aprendizaje pendiente. Sin embargo, entre esas diferencias también había algo en común: cada vez que aparecía una propuesta nueva, el entusiasmo de los chicos y las chicas se hacía notar.
Lejos de detenerse en esos conflictos, el equipo docente decidió mirar más allá de las dificultades. En lugar de preguntarse cómo corregirlas, comenzó a pensar cómo transformarlas en una oportunidad de aprendizaje. El objetivo no era sólo enseñar contenidos, sino que los y las estudiantes aprendieran haciendo: que construyeran conocimientos a partir de la experiencia, la participación y el trabajo colectivo.
La oportunidad llegó en 2010, cuando la Federación de Cooperativas de Enseñanza de la Provincia de Buenos Aires (FECEABA) invitó a la escuela a participar del proyecto Incubadoras, una iniciativa que impulsaba la creación de cooperativas escolares. La propuesta parecía hecha a medida para ese grupo de estudiantes.
Las familias acompañaron desde el comienzo y el aula se convirtió en un espacio de experimentación. Mientras aprendían sobre solidaridad y trabajo colectivo, los y las estudiantes comenzaron a producir un repelente natural para la pediculosis: investigaron una fórmula inocua, prepararon el producto, lo envasaron, diseñaron las etiquetas y lo ofrecieron a la comunidad educativa.
La reconstrucción de esos primeros años se basa en el testimonio de Juan Manuel Giménez, docente que impulsó esta experiencia pedagógica junto a sus estudiantes. Aquella experiencia marcaría el inicio de un proyecto que, con el tiempo, recibiría un nombre propio: La Coope.
Hoy, La Coope reúne a estudiantes de distintos años del nivel secundario de la Comunidad Educativa Creciendo Juntos. Lo que comenzó como una propuesta para aprender a trabajar en equipo se consolidó como una cooperativa escolar que promueve el cuidado del ambiente y los principios de la economía social y solidaria.
Desde allí, las y los estudiantes recuperan envoltorios plásticos para fabricar placas recicladas que luego transforman en carpetas, anotadores y otros útiles escolares. Lo recaudado con la venta de esos productos contribuye a financiar el viaje de egreso, que en la escuela se comienza a autogestionar en el ciclo superior.
El trabajo se organiza de manera conjunta. Aunque cada integrante ocupa un cargo dentro de la cooperativa, las tareas se distribuyen entre todas y todos, y las decisiones se piensan de forma conjunta. “En realidad todas hacemos un poco de todo. A pesar del cargo, cuando hay algo para hacer, todos hacemos lo que podemos. Y si hay que tomar alguna decisión, la tomamos entre todos”, explica Alma Ramos Giménez, estudiante de quinto año.
Sin embargo, esa distribución de roles no es simbólica. Para las estudiantes, contar con cargos y responsabilidades también les permite darle una estructura más formal al funcionamiento de la cooperativa. “Es más una formalidad, una forma de organizarnos”, resume Florencia Carolina Pedernera, de quinto año.
La participación en la cooperativa también deja aprendizajes que exceden la cuestión ambiental. Para Valentina Yasmín Ramos, formar parte de La Coope fue una oportunidad para ganar confianza y desarrollar nuevas herramientas para comunicarse. “Yo nunca en mi vida supe hablar con otra persona y hoy, gracias a La Coope, puedo hablar más fluido. Me enseñó muchas cosas y siento que cuando termine la secundaria también me va a servir para el futuro”.
Ese crecimiento también se construye en el intercambio con otras experiencias. Conocer otras escuelas y cooperativas amplía la mirada sobre lo que significa formar parte de un proyecto compartido. “No solo se reduce a La Coope, sino que conocemos a otra gente, otros colegios y otras cooperativas escolares. Eso también nos queda para nosotros”, destaca Luciana Camila Godoy.
Aunque las decisiones están en manos de las y los estudiantes, el acompañamiento de los docentes continúa siendo fundamental para el funcionamiento del espacio. “Tenemos representantes adultos. Cuando presentamos proyectos o participamos de algún encuentro necesitamos que nos acompañen”, explica Lola Bustamante, estudiante de cuarto año.
Para Ludmila Espíndola, profesora de Historia y Ciencias Sociales e integrante del equipo docente que acompaña La Coope desde 2020, una de las principales fortalezas de la cooperativa es que está impulsada por las y los estudiantes. “La cooperativa me parecía un espacio interesante justamente porque lo movilizan los estudiantes”, afirma. Y agrega: “Es mucho más potente cuando son los pibes los que impulsan esas prácticas”.
La docente también destaca que la incorporación permanente de nuevos estudiantes mantiene viva la experiencia. “Siempre está bueno traer ideas nuevas”, señala, y explica que quienes llevan más tiempo en la cooperativa comienzan a ceder protagonismo para que otros y otras puedan apropiarse del espacio. “Empiezan a dejar el lugar para que se lo puedan apropiar los que se suman”, sostiene.
Ese compromiso también se refleja en la manera en que entienden el trabajo cooperativo. Los recursos obtenidos a través de los distintos proyectos no quedan en manos de quienes los consiguieron, sino que permanecen en La Coope para quienes continuarán la experiencia. “Lo que se gana o lo que se consigue es para el espacio y es para quienes van a habitar ese espacio”, resume la docente. Esa lógica expresa uno de los principios del cooperativismo: pensar el trabajo colectivo como una construcción que permanece.

Educar desde la cooperación
La experiencia de La Coope, sin embargo, no se desarrolla de manera aislada. Forma parte de un movimiento de escuelas que entienden al cooperativismo como una herramienta para enseñar a través de la participación, la democracia y el trabajo colectivo. En ese entramado, la FECEABA reúne a instituciones de gestión social y cooperativa, promueve espacios de formación e impulsa el intercambio de experiencias entre escuelas.
Serena Colombo, integrante del Consejo de Administración de FECEABA, explica que uno de los principales aportes de la federación es permitir que las escuelas construyan una identidad compartida. “Es un lugar donde nos reconocemos como educadores de gestión social, compartimos experiencias y construimos una identidad”, sostiene.
Según Colombo, esos espacios también permitieron que muchas instituciones comenzaran a pensarse como parte de un mismo colectivo y a visibilizar una forma de hacer escuela que durante mucho tiempo quedó relegada dentro del sistema educativo. “Entendernos como colectivo nos permitió encontrarnos y también hacernos visibles”, afirma.
La docente señala que el intercambio entre escuelas trasciende las cuestiones institucionales. Compartir experiencias con otras comunidades educativas, conocer distintas formas de trabajo y reflexionar sobre las propias prácticas también abre la posibilidad de imaginar nuevos proyectos. “La escuela es un lugar privilegiado. Además de cumplir su función educativa, puede hacer un montón de cosas con la comunidad y con los pibes”, reflexiona.
Colombo también propone distinguir dos conceptos que suelen confundirse. Mientras una escuela de gestión social o cooperativa hace referencia a una institución organizada de manera democrática, una cooperativa escolar constituye una herramienta pedagógica integrada por estudiantes. “La cooperativa escolar tiene un fin educativo; el fin no es económico, sino formativo”, resume.
Esa diferencia permite comprender el sentido de experiencias como La Coope. Si bien la venta de los productos reciclados permite a las y los estudiantes reunir fondos para el viaje de egreso, su principal objetivo es pedagógico: ofrecer un espacio donde las y los jóvenes aprendan a organizarse, asumir responsabilidades y tomar decisiones colectivas.
La economía social y solidaria como una forma de construir comunidad
La experiencia de La Coope muestra cómo los principios del cooperativismo pueden traducirse en la práctica cotidiana. Para José Luis Coraggio, profesor emérito de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), las cooperativas escolares representan mucho más que una herramienta pedagógica: forman parte de una propuesta que busca construir relaciones económicas y sociales basadas en la cooperación, la igualdad y la justicia.
Desde esa perspectiva, el director académico de la Maestría en Economía Social (MAES) sostiene que la economía social y solidaria plantea otra manera de comprender la producción y el trabajo. “Su objetivo es resolver las necesidades de todas y todos con igualdad y con justicia”, explica. En este marco, las cooperativas escolares acercan a las y los estudiantes a formas de organización donde el bienestar común ocupa un lugar central.
Para Coraggio, la principal fortaleza de estas experiencias está en que la solidaridad no se incorpora únicamente desde los contenidos escolares, sino mediante la acción concreta. “Uno puede tener clases sobre qué es la solidaridad. Los alumnos estudian y dan examen o pueden practicarla”, señala. Organizarse para producir, tomar decisiones compartidas y asumir responsabilidades permite comprender que la cooperación no es solo un valor, sino también una forma de intervenir en la realidad.
El economista también destaca que las cooperativas escolares fortalecen el vínculo entre la escuela y su entorno. A través de proyectos comunes, las y los estudiantes identifican las necesidades del barrio y elaboran respuestas junto a otros actores sociales. “Una manera de aprender a ser solidario y aprender a participar en la economía es hacerlo organizándose”, afirma.
En un contexto atravesado por lógicas cada vez más individualistas, Coraggio sostiene que estas experiencias adquieren una relevancia particular. “Es un proyecto cultural, no solamente económico”, resume. Para el economista, promover la cooperación desde la escuela implica formar personas capaces de pensar alternativas y generar respuestas frente a los desafíos de su comunidad. En experiencias como La Coope, estos principios toman forma en la práctica cotidiana.
Dieciséis años después de aquella experiencia en un aula de cuarto grado, el desafío inicial se transformó. Lo que comenzó como una propuesta para que un grupo de chicos y chicas aprendiera a compartir dio lugar a una cooperativa escolar donde la solidaridad, la participación y el compromiso dejaron de ser solo contenidos para convertirse en una práctica cotidiana. En La Coope, cooperar ya no es solamente un concepto: es una manera de aprender, enseñar y construir comunidad.


