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Comunicación Social (UNM)

“La participación política no debe limitarse a votar una vez cada dos o cuatro años”

En medio del debate por la reforma electoral y la posible eliminación de las PASO, en dialogo con ANUNM el historiador Iván Orbuch, autor de “La interna que paralizó el país”, analiza la elección que enfrentó a Antonio Cafiero y Carlos Menem en 1988 y explica por qué aquella experiencia sigue ofreciendo claves para pensar la democracia interna, la construcción de liderazgos y el futuro del sistema político argentino.
Al peronismo le hizo muy bien (nota del r: la interna de 1988) porque ayudó a desarmar una idea muy instalada de que no era un partido democrático”, dice Orbuch.

En abril el gobierno nacional envió al Senado de la nación un proyecto de ley de reforma electoral, la iniciática incluye la eliminación de las Primarias Abiertas Simultaneas y Obligatorias (PASO), entre otros ítems. La discusión reabrió un debate que parecía saldado: ¿cómo deben elegir los partidos políticos a sus candidatos? En ese contexto, la experiencia de la interna peronista de 1988 entre Antonio Cafiero y Carlos Menem vuelve a adquirir actualidad. El historiador e investigador Iván Orbuch, autor de La interna que paralizó el país (Milena Caserola), analiza aquella elección, la compara con el sistema de las PASO y plantea que la participación democrática dentro de los partidos sigue siendo una condición indispensable para fortalecer la representación política.

¿La discusión sobre la eliminación de las PASO vuelve a poner en valor la interna entre Cafiero y Menem?

Claramente. Creo que aquella elección funciona hoy como un espejo donde mirarse. El liderazgo dentro del peronismo está vacante y una interna permitiría resolver esa discusión de manera democrática. Siempre sostuve que la mejor forma de recrear el viejo principio peronista de “el que gana conduce y el que pierde acompaña” es a través de una competencia electoral. Cuando ese mecanismo desaparece y las candidaturas quedan en manos de una o dos personas, también se debilitan los dispositivos democráticos que tienen los partidos para formar nuevos dirigentes.

En los años ochenta las internas eran una práctica habitual. Las hubo en el peronismo, en la Unión Cívica Radical, en Izquierda Unida y más tarde también en la Alianza. Eran instancias que movilizaban a afiliados y simpatizantes, generaban debate y fortalecían la vida partidaria. Con el tiempo esa gimnasia democrática fue desapareciendo y los partidos perdieron una herramienta muy importante para construir liderazgo.

En la conclusión de tu libro planteás la necesidad de volver a poner aquella elección en el debate público. ¿Qué puede aportar hoy esa experiencia?

Como historiador siempre creo que el pasado se dirime en el presente. Esa interna ocurrió en una sociedad que estaba consolidando la democracia después de la dictadura y dice mucho sobre la calidad institucional que se buscaba construir. También habla de la actitud de Antonio Cafiero. Él era el gobernador de la provincia de Buenos Aires, contaba con el respaldo de la mayoría de los gobernadores peronistas y nadie dudaba de que era el candidato natural para disputar la Presidencia. Sin embargo, aceptó competir en una interna abierta dentro del partido porque entendía que esa era la manera de legitimar el liderazgo.

Ese gesto democrático es una enseñanza que sigue vigente. Además, la campaña permitió discutir programas, proyectos de país y formas distintas de interpretar al peronismo. Más allá de que después Menem no cumpliera buena parte de sus promesas de campaña, aquella elección mostró un partido dispuesto a debatir frente a sus propios afiliados.

Más de un millón y medio de afiliados participaron de aquella elección. ¿Qué representaba semejante nivel de participación?

Representaba un enorme compromiso político. La interna se realizó el 9 de julio, una fecha cargada de simbolismo para el país y también para el peronismo. Mientras Alfonsín encabezaba el acto oficial por el Día de la Independencia, buena parte de la atención pública estaba puesta en la elección justicialista. Era evidente que quien ganara esa interna tenía grandes posibilidades de convertirse en el próximo presidente.

Eso demuestra la trascendencia que tenía la vida interna de los partidos. La ciudadanía seguía con interés el proceso porque entendía que allí también se definía parte del rumbo del país. Era una verdadera fiesta democrática y una muestra de vitalidad política difícil de encontrar en la actualidad.

Diez años después llegaron las PASO. ¿Qué diferencias encontrás entre aquel sistema de internas y las primarias abiertas?

Las PASO fueron una buena herramienta, pero nunca se aprovecharon plenamente. Paradójicamente, quienes las impulsaron fueron los gobiernos kirchneristas y después casi no las utilizaron para resolver liderazgos internos. En cambio, terminaron beneficiando más a la oposición.

Siempre considero positivo que la ciudadanía participe de una elección. Es cierto que existen críticas por el costo económico o porque muchas veces funcionan como una gran encuesta previa, pero sigo creyendo que toda instancia de participación fortalece la democracia. El problema no fue el instrumento sino el uso político que se hizo de él.

También señalás que las PASO terminaron influyendo en la construcción de nuevos liderazgos. ¿Qué cambió a partir de ese sistema?

Las PASO también modificaron la forma en que aparecen los liderazgos. En algunos casos dejaron de surgir desde la vida interna de los partidos y comenzaron a construirse mucho más desde los medios de comunicación y la exposición pública. Mauricio Macri es un buen ejemplo: pasó de ser un dirigente identificado con la Ciudad de Buenos Aires a convertirse en un liderazgo nacional. Algo similar ocurre con Javier Milei, cuya construcción política está muy vinculada a su presencia mediática y al aprovechamiento de la desilusión colectiva posterior a la pandemia.

Creo que ahí también hubo una falla de los partidos tradicionales. No lograron representar a una parte importante de la sociedad que se sintió desencantada y buscó otras referencias políticas. Ese escenario explica, en parte, el crecimiento de nuevos liderazgos por fuera de las estructuras partidarias.

Menem y Cafiero, durante una entrevista radiofónica hecha por el histórico locutor Antonio Carrizo ( en el medio).

En tu libro planteás que Cafiero y Menem representaban dos formas muy distintas de construir liderazgo. ¿Cuáles eran esas diferencias?

Antonio Cafiero representaba la renovación peronista. Venía de una larga trayectoria como funcionario y economista, pero recién después de la derrota electoral de 1983 comenzó a construir una carrera política con una propuesta de modernización del peronismo. Logró reunir a dirigentes muy importantes y se convirtió rápidamente en una figura de enorme prestigio.

Menem, en cambio, tenía otra lógica. Era un dirigente con muchísimo olfato político y una capacidad extraordinaria para conectar con la gente. Supo interpretar demandas sociales que otros todavía no veían. Durante la campaña hablaba de la desocupación, de la pobreza, del consumo de drogas en los barrios y de temas que todavía no ocupaban el centro de la agenda pública. Ese contacto permanente con la gente fue una de sus mayores fortalezas.

Además, tenía un estilo completamente distinto. No tenía ningún problema en recorrer pueblos pequeños, hacer actos para muy pocas personas o pasar horas saludando vecinos. Solía decir que un beso era un voto y entendía la política como un vínculo cara a cara. Cafiero también recorría el territorio, pero su perfil era mucho más institucional y menos carismático.

¿Cuánto influyó la forma de hacer campaña en el resultado de aquella elección?

Influyó muchísimo. Estamos hablando de una época sin redes sociales, donde el contacto personal tenía un valor enorme. Menem recorría el país de manera permanente, organizaba caravanas multitudinarias y buscaba generar cercanía con distintos sectores sociales. Hay imágenes muy representativas de esa campaña, como la gran ñoqueada en el barrio de La Boca y el discurso de cierre lo hace rodeado de un trabajador de la construcción, una docente, un médico y bombero voluntario.

También construyó un discurso muy federal. Se presentaba como el heredero de la lucha de los caudillos federales por las autonomías en contraste de las imposiciones porteñas. Ese mensaje tuvo un enorme impacto en el interior del país y explica resultados muy contundentes en provincias como La Rioja o Catamarca.

¿Qué papel jugaron los gobernadores, los dirigentes territoriales y el movimiento sindical?

La mayoría de los gobernadores y de los dirigentes con mayor peso político apoyaban a Cafiero. También buena parte del mundo de la cultura se identificaba con su candidatura. Menem, en cambio, logró reunir a muchas segundas y terceras líneas que terminaron construyendo una narrativa muy eficaz: la de enfrentar al aparato partidario desde afuera.

En el sindicalismo la situación era distinta porque estaba dividido. Algunos de los sindicatos vinculados a la renovación acompañaban a Cafiero, mientras que los sectores tradicionales de la CGT respaldaban a Menem. Esa división reflejaba también dos maneras diferentes de pensar el futuro del peronismo.

¿Cómo vivió el radicalismo esa interna?

Con muchísima atención. El gobierno de Raúl Alfonsín seguía muy de cerca todo lo que ocurría porque era consciente de que quien ganara la interna tenía muchas posibilidades de convertirse en el próximo presidente.

¿Qué cambió después de aquella interna para los partidos políticos y para la relación de la ciudadanía con la elección de candidatos?

Al peronismo le hizo muy bien porque ayudó a desarmar una idea muy instalada de que no era un partido democrático. Durante muchos años, sobre todo después de 1955, se construyó un discurso que presentaba al peronismo como un movimiento autoritario. La interna de 1988 mostró exactamente lo contrario: un partido que organizó una elección masiva, sin denuncias de fraude, sin hechos de violencia y con una participación muy importante de sus afiliados.

Además, revitalizó la vida partidaria. Puso al peronismo nuevamente en contacto con la gente, movilizó a la militancia y permitió discutir proyectos políticos.

Si finalmente se eliminan las PASO, ¿los partidos deberían volver a las internas partidarias? ¿El sistema político actual lo permite?

Es una pregunta compleja porque el escenario político de hoy es muy distinto al de finales de los años ochenta. Hoy existen gobernadores que pertenecen formalmente al peronismo, pero mantienen posiciones muy cercanas al Gobierno nacional. También hay liderazgos provinciales muy consolidados que negocian permanentemente entre sí y eso hace más difícil imaginar una competencia interna como la de 1988.

A eso se suma otra cuestión: habría que analizar cuántos afiliados participan realmente en la vida de los partidos y cuánto representan hoy esos padrones. Son preguntas abiertas. De todos modos, sigo creyendo que cualquier mecanismo que permita discutir liderazgos a través del voto fortalece la democracia interna mucho más que las decisiones tomadas por acuerdos de cúpula.

Desde tu perspectiva como historiador, ¿la eliminación de las PASO fortalecería o debilitaría la democracia dentro de los partidos?

Para mí la debilitaría. Toda instancia de participación política es positiva. Después podemos discutir cómo mejorar las herramientas existentes o cómo hacerlas más eficientes, pero nunca creo que la solución sea reducir las oportunidades de participación.

También es cierto que los partidos atraviesan una crisis de representación. Hoy mucha menos gente participa activamente de la política que hace algunas décadas. Hay autores, como Zygmunt Bauman, que habla del derretimiento de los sólidos y él llama sólidos a la Iglesia Católica, al Estado, a la escuela, las instituciones tradicionales. Yo agregaría que los partidos políticos también forman parte de ese proceso. Sin embargo, justamente por eso me parece importante fortalecerlos y no debilitarlos aún más.

En el cierre del libro afirmás que Menem fue “el símbolo de una esperanza popular que pronto traicionaría”. ¿Cómo influye ese desenlace en la manera en que hoy interpretamos aquella interna?

Influye muchísimo porque genera una enorme desilusión retrospectiva. Si uno vuelve a escuchar los discursos de campaña encuentra a un Menem que habla de trabajo, producción, justicia social, soberanía nacional y defensa de los sectores populares. Eran discursos muy movilizadores, que conectaban emocionalmente con las expectativas de millones de argentinos.

Después, ya en el gobierno, el rumbo económico fue completamente diferente, hay un enorme cambio en el eje programático. La implementación de las reformas de los años noventa produjo una ruptura entre aquellas promesas y las políticas que finalmente se llevaron adelante. Esa distancia condiciona inevitablemente la forma en que hoy recordamos aquella elección.

Al mismo tiempo, también sirve para entender procesos políticos posteriores. Incluso ayuda a pensar algunos aspectos del presente. La experiencia menemista demuestra hasta qué punto una sociedad puede aceptar cambios muy profundos cuando atraviesa una crisis económica severa y la principal demanda pasa a ser la estabilidad.

Si te convocaran a participar en una reforma política, ¿qué enseñanza de la interna de 1988 aportarías al debate actual?

Primero me sorprendería gratamente que me convocaran. Pero si tuviera que hacer un aporte, insistiría en que ninguna reforma debería clausurar espacios de participación ciudadana. La participación política no puede reducirse a votar cada dos o cuatro años. Tiene que expresarse también en los partidos, en los sindicatos, en las universidades, en las organizaciones sociales y en todos los ámbitos donde se construye ciudadanía.

Por eso considero que tanto las internas como las PASO, con las diferencias que existen entre ambas herramientas, son mecanismos valiosos que vale la pena preservar y mejorar. Siempre será preferible ampliar la participación antes que restringirla.

La historia y sus experiencias nos ayudan a pensar el presente. La interna entre Antonio Cafiero y Carlos Menem fue mucho más que una competencia entre dos dirigentes: representó una forma de entender la democracia partidaria, el debate político y la construcción de liderazgos. En momentos en que el sistema electoral vuelve a ser objeto de discusión, recuperar aquella experiencia permite reflexionar sobre el papel que cumplen los partidos en una democracia y sobre la importancia de que la ciudadanía tenga una participación activa en la definición del futuro político del país.

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