
“A partir del golpe de 1966, fue el comienzo de los tiempos oscuros”, afirma el doctor en Historia Daniel Mazzei, quien además es historiador especializado en Historia Política y Relaciones Civiles Militares durante la segunda mitad del siglo veinte. A sesenta años del derrocamiento de Arturo Umberto Illia, esta definición pone en palabras el inicio de una nueva etapa para la Argentina, marcada por mayores niveles de violencia y teñida de oscuridad para muchos argentinos.
El 28 de junio de 1966, fue derrocado el presidente Illia por un golpe de Estado cívico-militar encabezado por el general Juan Carlos Onganía, poniéndole fin a un gobierno que estuvo signado desde sus inicios por las presiones que ejercieron las Fuerzas Armadas, el sector sindical y las empresas multinacionales.
Según el historiador, Illia era “un hombre honesto, humilde, médico, de pueblo, un hombre que no se enriqueció de la política”. Hijo de inmigrantes italianos, nació en la ciudad de Pergamino en 1900, y tras graduarse como médico en la Universidad de Buenos Aires, se instaló en la ciudad de Cruz del Eje en Córdoba, donde comenzó a formar su carrera política en la Unión Cívica Radical (UCR). Fue senador provincial, vicegobernador de Córdoba y en 1948 resultó electo diputado nacional.
El 7 de julio de 1963, Illia, candidato de la Unión Cívica Radical del Pueblo, ganaba las elecciones presidenciales con tan solo el 25,4% de los votos; este reducido apoyo social fue uno de los condicionantes de su presidencia. Los simpatizantes de los candidatos proscriptos, como Juan Domingo Perón o Arturo Frondizi, se expresaron mayoritariamente mediante el voto en blanco, que alcanzó el 19,41%, configurando un escenario que limitó el respaldo político de su gestión.
Por otro lado, Mazzei sostiene que el golpe fue un proceso “largamente anunciado”. Según explica, durante más de un año comenzaron a circular versiones sobre una posible salida militar, incluso algunos historiadores sostienen que la idea estaba al poco tiempo de que Illia asumiera. Sin embargo, fue acelerado hacia el final, porque las fechas previstas para el derrocamiento eran durante la segunda mitad del ‘66, no en la fecha que fue realizado.
El deterioro del gobierno no puede explicarse únicamente por la preparación del golpe. También existieron condicionantes políticos que debilitaron la capacidad de sostener la gestión, y una ardua campaña de desprestigio desde los medios de comunicación.
Asimismo, el historiador Pablo Pozzi, Phd en Historia y especialista en historia social contemporánea, agrega que el principal problema del gobierno no fue necesariamente la falta de voluntad política sino sus limitaciones para sostener un programa propio. “No es que Illía no quería, sino que no podía, no tenía la fuerza ni social ni política (minoría en el Congreso)”, afirma el autor de libros como “Usted es comunista”. Estudios sobre clase, cultura y política en la Argentina contemporánea
En esa línea, el profesor de Historia Alexis Vargas sostiene que Illia no logró construir los acuerdos necesarios para fortalecer su gobierno frente a un escenario atravesado por tensiones constantes. “Este gobierno no contó con el apoyo político que necesitaba. Todos buscan alianzas y él no tejió esas alianzas”, explica.
A esta situación se sumaron conflictos con distintos sectores. Durante su presidencia, Illia impulsó medidas que generaron resistencias. Por una parte, desde el sector empresarial, a partir de la anulación de contratos petroleros firmados con Estados Unidos durante el gobierno de Frondizi. Por otra parte, con la Ley de Medicamentos, orientada a regular el mercado farmacéutico del extranjero. Esto generó una oposición por parte del poder económico exterior, especialmente de los laboratorios internacionales.
Al mismo tiempo, mantenía tensiones con sectores sindicales y gobernaba en un contexto donde el sistema político todavía estaba condicionado por la proscripción del peronismo. Illia promovió un control sindical, a través de un decreto que intentó ponerle un límite a los sindicatos, lo que también generó un enfrentamiento con el peronismo.
Por otra parte, se fomentó la industria nacional, se destinó el 23 % del presupuesto nacional a la educación (la mayor cifra en la historia del país), bajó la desocupación, disminuyó la deuda externa, se llevó adelante un plan de alfabetización y se sancionaron la Ley de Salario Mínimo, Vital y Móvil. “El gobierno de Illia era para los trabajadores y del pueblo”, asegura el profesor de Historia Julio Sánchez.
Además, ese gobierno proporcionaba una libertad de prensa. Sin embargo, esto tuvo un costo negativo para el presidente, los medios de comunicación protagonizaron un plan de desprestigio feroz en su contra. A través de una “campaña de acción psicológica”, como la llamó Sánchez, construyendo una imagen de debilidad a partir de dibujos de tortugas o con pajaritos en la cabeza. Los titulares mencionaban abiertamente que era un gobierno lento e ineficiente.
En ese contexto de desgaste para el gobierno, “los medios trabajaron para erosionar a Illia y al mismo tiempo se fue resaltando la figura de Onganía como alguien absolutamente necesario. Todo el mundo sabía que si había un golpe Onganía iba a ser llamado para asumir la presidencia”, afirma Mazzei, autor de libros como Bajo el poder de la Caballería. El Ejército Argentino (1962-1973) y Los medios de comunicación y el golpismo. La caída de Illia.
Muy lejos del lugar de los acontecimientos, en Madrid, Juan Domingo Perón hizo llamar a un periodista del semanario Primera Plana, para formular unas declaraciones. El mismo 28 de junio, el dirigente político argentino más importante había dicho a ese medio: “Para mí, éste es un movimiento simpático porque se acortó una situación que ya no podía continuar. Cada argentino sentía eso. Onganía puso término a una etapa de verdadera corrupción. Illia había detenido al país.”
Además, había señalado: “Si el nuevo gobierno procede bien, triunfará. Es la última oportunidad de la Argentina para evitar que la guerra civil se transforme en la única salida. Simpatizo con el movimiento militar porque el nuevo gobierno puso freno a una situación catastrófica. Como argentino hubiera apoyado a todo hombre que pusiera fin a la corrupción del gobierno Illia”.
En la madrugada del 28 de junio, la autodenominada “Revolución Argentina”, que prometía cambios profundos y estructurales a largo plazo, había rodeado la Casa Rosada mientras Illia permanecía en su despacho junto a un grupo de colaboradores. El general Julio Alsogaray ingresó a la sede gubernamental para exigir la renuncia del presidente. Según el profesor Sánchez “los trató como ladrones, porque los ladrones entran a las casas de noche”.
Finalmente, Illia se retiró a la mañana por sus propios medios, pidió un taxi y se marchó hacia el domicilio de su hermano. Luego se retiró a Cruz del Eje, donde volvió a ejercer la medicina y falleció 18 de enero de 1983, en la más extrema pobreza. Tras él, se abría una nueva etapa que muchos observaron con esperanza y que terminó en una gran tragedia.

