
“Nosotros creemos que el índice de abuelidad, en su momento, y el análisis genético después, que permitieron la identificación de niños y niñas apropiados por un estado genocida, son una muestra de la ciencia como conocimiento situado”, afirmó Martini al inicio de la charla y fue reafirmado por Victor Penchaszadeh cuando tomó la palabra. El médico argentino, exiliado en 1975, comentó su trayectoria como científico comprometido con diferentes causas humanitarias y cómo fue que se involucró con la lucha por la identidad de los nietos y las nietas apropiados y desaparecidos en la última dictadura.
“Un día, de 1982, me llaman y me dicen: ‘Están las Abuelas de Plaza de Mayo y te quieren ver. Yo no conocía a ninguna de ellas, salvo por sus nombres en las noticias.” Chicha Mariani y Estela Carlotto se acercaron con el problema claro: ¿Cómo vamos a saber si los nietos son los nuestros, si los padres están desaparecidos? ¿Se puede hacer? Penchaszadeh siguió: “Fue un guante que me tiraron así, sin preámbulo. Habían recibido noticias, mal informadas, de que no se podía hacer nada para probar la identidad. Pero yo como genetista sabía que sí era factible. Nunca se había hecho, sin embargo.” El médico declaró que este es uno de los momentos que más le quedó grabado en la memoria, cuando las Abuelas le dijeron: “Vos sos genetista, sos argentino y vivís en el centro del mundo. Explicanos: ¿qué cosa más importante tenés para hacer que encontrar la manera de identificar a nuestros nietos robados? Y les tuve que dar la razón.”
Para emprender este desafío, Penchaszadeh tuvo que estudiar genética forense y convocar a Mary-Claire King, bióloga genetista, que contaba con mayor experticie para resolver el problema: adaptar la fórmula que ya se estaba usando para determinar la paternidad. Tres meses después, ya estaba lista. La ciencia, en manos de Penchaszadeh, escuchó el reclamo de la sociedad y pudo dar una respuesta. Sin embargo, había que esperar al retorno de la democracia.
El primer caso en que se utilizó el después reconocido como índice de abuelidad fue para la restitución de la identidad de Paula Logares; una niña apropiada que había sido secuestrada junto a sus padres que fueron desaparecidos. Fue posible gracias a la Abuela, Elsa Pavón, que ya la tenía detectada e inició un juicio por usurpación de identidad. “Mucha gente empezó a hacer querellas individuales porque tenían algún dato del nieto. Pero hacer juicios individuales no permitía estudiar a todo el universo de posibles abuelas. Ahí fue cuando nos dimos cuenta que había que hacer un banco de datos”, comentó Penchaszadeh.
Desde que fue creado en 1987, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, el Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG), desarrolló una base de datos a partir de pruebas genéticas y análisis a niños que fueran posibles hijos de desaparecidos. Gracias a este proceso se identificaron más de 120 nietos. Con respecto a la actualidad, Penchaszadeh afirmó que “Todavía está trabajando. Con épocas de bonanza y épocas de sequía. Esta es una de sequía porque estaba en la lista de organismos estatales que se pensaban desactivar con la Ley de Bases”. Y agregó: “Fuimos al Senado y conseguimos sacar al Banco de esa lista. Tuvimos que hacer política, no hay vinculación entre política y ciencia más palpable”.
El conversatorio, del que también formó parte la secretaria de Ciencia y Tecnología de la UNM, licenciada Adriana Sánchez, continuó con otros ejemplos del vínculo ciencia y sociedad a nivel más general. La genética como disciplina generó muchas controversias a lo largo de la historia y, según Penchaszadeh, “una manera de situar a la ciencia es ver quién dice qué y a qué intereses responde. La ciencia no es neutra, siempre pertenece a alguien, sobre todo la tecnología”. Se debe saber quiénes son los que lucran con la tecnología, quiénes la aplican para violar los derechos humanos. Tanto en las décadas de 1920 y 1930 cuando Estados Unidos tenía el campo genético en sus manos y utilizaba la ciencia para realizar esterilizaciones a todo el que se considerara proclive a tener una “descendencia indebida”; como durante la Segunda Guerra Mundial cuando se utilizaba la genética desde el reduccionismo y el determinismo para justificar las atrocidades y el genocidio.
Hoy mismo, Penchaszadeh aclara que las grandes potencias compiten por quién crea primero el dron no tripulado que defina blancos a través de algoritmos para ser utilizados en la guerra. “Todo desarrollo científico siempre tiene que ser evaluado éticamente. La vara es no violar los derechos humanos. La ciencia tiene que estar al servicio de ellos. Y si alguien les pregunta algún ejemplo, les dan el de las abuelas y los nietos, que es uno de los más claros en los que la genética contribuyó a los derechos humanos.”
En el encuentro Martini y Dávila además presentaron el Programa de Estudios Sociales en Ciencia y Tecnología que promueve un concepto de la ciencia como conocimiento situado intrínsecamente atravesado por lo social y lo político.


