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Comunicación Social (UNM)

Mujeres y música: techos de cristal en los escenarios

¿Cuánto machismo subsiste en el mundo de la música? ¿Y qué hacen las artistas al respecto? Voces desde el oeste.
Flora y Las Sombras es una activa banda surgida en la zona oeste. El sábado tocan en Marcos Paz. Foto: andaira.ph

En la escena under del conurbano bonaerense, mujeres jóvenes sostienen proyectos musicales autogestionados en un contexto de desigualdad, poco reconocimiento y trabajo precario. Entre ensayos, fechas y estudio, siguen haciendo música sin esperar el respaldo de la industria.

Distintos informes del Instituto Nacional de la Música (INAMU) visibilizaron lo que atraviesan las mujeres dentro de la escena musical argentina. En 2018, el organismo lanzó la Agenda Federal de Géneros y realizó encuestas nacionales en las que participaron miles de músicas y trabajadoras del sector.

Los resultados señalaron problemas vinculados a la precarización laboral, la escasa presencia femenina en festivales y la dificultad para acceder a espacios de difusión y reconocimiento dentro de la industria musical. En los años siguientes, el INAMU continuó impulsando foros y espacios de debate para discutir la participación de mujeres y diversidades en la música argentina.

Esa realidad se ve reflejada desde Merlo, Ituzaingó y otras localidades del oeste, donde músicas y gestoras culturales cuentan cómo se organizan para tocar, crear y mantenerse activas en una escena que todavía prioriza a los varones. Sus experiencias muestran dificultades, pero también la fuerza de lo colectivo y el deseo de seguir haciendo música.

La cultura como experiencia colectiva

En Merlo, El Demiurgo Cultural se presenta como más que un lugar para escuchar bandas. “Privilegiamos la experiencia más que la actividad en sí”, explica Amalia Alvaraz, su co-directora. En una misma noche pueden convivir música en vivo, teatro, charlas sobre género o memoria y muestras visuales. La propuesta apunta a que el público transite una experiencia cultural integral y no solo consuma un espectáculo.

El espacio se construye con una fuerte identidad territorial. “Estamos incrustados en un barrio, no en el centro, y eso hay que tenerlo en cuenta”, señala. La colaboración con vecinos, escuelas y organizaciones sociales forma parte de su funcionamiento cotidiano. En esa mezcla, la cultura aparece como un proceso colectivo, sostenido por vínculos, participación y trabajo comunitario constante.

A diferencia de los circuitos céntricos, estos espacios se piensan desde la cercanía. “No somos un lugar gueto, buscamos que venga toda la familia”, explica la co-directora junto a su director, Facundo Muja. Niños, jóvenes y adultos mayores conviven en los eventos, rompiendo con la idea de que el rock o la música alternativa pertenecen solo a ciertos públicos. La cultura se vuelve accesible y compartida.

Esta idea también impacta en el comportamiento de la audiencia. “El público sabe a qué lugar viene y cómo comportarse”, indica. La experiencia cultural está atravesada por el respeto, el cuidado y la convivencia. En tiempos de consumo rápido y fragmentado, estos espacios proponen frenar, encontrarse y reflexionar colectivamente.

Hacer música siendo mujer en el under

Para Abril, baterista de la banda Esotérica, el recorrido musical está marcado por la desigualdad. “La música siempre fue un ámbito de muchísimo machismo”, afirma. Según su experiencia, incluso dentro del circuito independiente “siempre se priorizan bandas de hombres”. Las mujeres deben demostrar permanentemente que merecen ocupar un escenario.

Las situaciones de violencia simbólica se repiten. “Siempre está el que se sorprende porque tocás bien, como si fuera raro”, cuenta. Comentarios paternalistas, recortes de tiempo en los shows y subestimación constante forman parte de la experiencia cotidiana. “Jamás dirían eso de un hombre”, resume, señalando una desigualdad naturalizada.

En Esotérica, el vínculo entre las integrantes es central. “Las chicas son todo para mí, son mis amigas”, dice Abril. La banda se sostiene tanto por el proyecto musical como por el lazo afectivo. Compartir decisiones, conflictos y tiempo fortalece un espacio donde las ideas circulan sin jerarquías.

Luciana integra la banda de chicas Flora y las Sombras, de Ituzaingó, y también forma parte de Soluciones.exe, un proyecto mixto. Es estudiante del profesorado de Música y combina su formación con la actividad artística en el circuito independiente. Desde su experiencia, marca una diferencia clara en el trato cotidiano: “En bandas de mujeres me siento escuchada”, afirma. En proyectos mixtos, en cambio, “muchas veces no le dan importancia a mis ideas”.

La autogestión para seguir creando música

Sostener un proyecto musical independiente implica asumir costos constantes. “Casi nunca nos pagan. A veces nos dan una pizza y una bebida”, explica Luciana. Cuando hay entradas, el dinero suele ser poco y se reparte entre las bandas. Tocar no garantiza ingresos ni estabilidad económica.

Los gastos, en cambio, son inevitables. “Lo que más gasto es en la sala de ensayo y en volver de las fechas en Uber”, señala. Instrumentos, transporte, sesiones de fotos y tiempo invertido salen del bolsillo propio. La autogestión aparece como una obligación por defecto, no como una elección que se romantiza.

La mayoría de las músicas jóvenes combina arte con estudio y trabajo. “Ahora curso ocho materias y estoy llena de parciales, no tengo tiempo para componer”, cuenta Luciana. La formación académica convive con proyectos artísticos que demandan ensayo, organización y presencia constante. El tiempo nunca alcanza y la música suele quedar relegada.

Aun así, el vínculo con la música no se rompe. “Yo la uso como terapia, para expresar lo que siento”, afirma. En ese equilibrio inestable, muchas artistas siguen creando aunque eso implique cansancio, frustración o postergaciones personales. La música aparece como necesidad que es vital.

La Ley de Cupo Femenino en Eventos Musicales fue sancionada en Argentina en el año 2019 como respuesta a una desigualdad histórica en los escenarios. La norma establece que al menos el 30% de la grilla artística de festivales y eventos musicales debe estar integrada por mujeres y personas de identidades autopercibidas femeninas. Su objetivo principal es ampliar la participación en un ámbito tradicionalmente dominado por varones.

La iniciativa surgió a partir de reclamos de músicas y organizaciones culturales que denunciaban la escasa presencia femenina en festivales masivos y programaciones oficiales. Si bien la ley significó un avance, su aplicación es desigual. En la escena independiente, especialmente en el conurbano bonaerense, muchas artistas señalan que la brecha persiste más allá de lo planteado.

La Ley de Cupo Femenino en la Música genera posiciones encontradas. Para Abril el problema no es solo el porcentaje. “No sirve si siguen subiendo al escenario hombres escrachados”, sostiene. Desde su mirada, la ley resulta insuficiente si no se transforman las prácticas reales del ambiente musical.

Desde otro lugar, la asesora en gestión musical Maya Vázquez cuestiona la lógica de la norma. “Cualquier cosa que fuerce a poner a alguien arriba de un escenario de forma no natural no ayuda”, afirma. Para ella, el foco debería estar en construir escenas sólidas y comunidades reales, más que en cumplir números.

Vázquez trabaja gestionando a músicos independientes que buscan manejar sus propias carreras. “La autogestión es que tengas tus herramientas, tus claves y tus cuentas”, explica. Su trabajo creció durante la pandemia, cuando muchos artistas debieron aprender sobre derechos de autor, registros y distribución digital.

Lejos de las fórmulas rápidas, rechaza pagar por visibilidad. “Estoy en contra de pagar para estar en playlists”, sostiene. Para ella, la clave está en mostrarse, tocar, generar comunidad y construir un vínculo genuino con el público. La música no debería perder su sentido por la lógica del mercado.

Desigualdades de género en el ámbito musical

Las diferencias de trato también aparecen dentro de las bandas. “Hay muchos hombres escrachados que siguen tocando como si nada”, afirma Luciana. Según su mirada, estas situaciones se ocultan y se naturalizan dentro del under. La falta de sanción reproduce la desigualdad y el silencio.

A esto se suma la exigencia estética. “A las chicas se les pide que estén lindas y hegemónicas, a los chicos no”, señala. El error mínimo se castiga más cuando quien toca es mujer. La mirada del público y del ambiente sigue siendo desigual.

A pesar de todo, ninguna de las entrevistadas piensa abandonar la música. “La banda es más importante que mi trabajo y que el estudio. Es lo que me hace feliz”, dice Abril. La pasión aparece como motor frente a la precariedad y la falta de reconocimiento. El mensaje para quienes empiezan es claro. “Hay que meterle amor y ganas, pero sabiendo que va a haber desigualdad”, resume Luciana.

En el under del conurbano bonaerense, hacer música implica mucho más que tocar. Es combinar trabajo, estudio, ensayos y organización constante, casi siempre sin garantías. En Esotérica esa rutina se sostiene a pulmón. “Ensayamos todos los lunes y tocamos los fines de semana cuando se puede, porque hay veces que no se puede”, cuenta Abril. El cansancio aparece, pero también una certeza que ordena las prioridades: “La banda es lo que a mí me hace feliz”.

Ese esfuerzo cotidiano convive con desigualdades que siguen marcando la escena. “El 90% de las veces recibimos malos tratos”, dice Abril. Situaciones que se repiten en distintos espacios: recortes de tiempo en los shows, subestimación y decisiones que no parecen al azar. “Te acortan las canciones y quizás sos la única banda a la que le cortaron”, explica. Para ella, no se trata de experiencias aisladas: “Parece contra una, pero no es contra una: es contra el colectivo”.

Desde otro lugar, Vázquez observa que la construcción de espacios propios sigue siendo clave. “Empezar desde lo mínimo, desde quiénes son los músicos de tu barrio”, recomienda. En esa lógica, la escena se arma con cercanía, apoyo y presencia constante. “Yo creo mucho en la idea de comunidad, de tribu, del boca en boca”, señala, y agrega una consigna que se repite entre quienes apuestan por la autogestión: “Mostrate, dejá de especular”.

En ese mostrarse para Abril incomodar es parte del camino: “Cada vez tratamos de vestirnos más raras, de incomodar más”. No como provocación vacía, sino como respuesta a un ambiente que históricamente buscó limitar. “No queremos que ellos estén cómodos en nuestro espacio”, afirma. En el conurbano bonaerense las mujeres siguen tocando, organizando y creando desde abajo, sosteniendo una escena para visibilizar las voces de las artistas mujeres.

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