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Comunicación Social (UNM)

Plaza Eva Perón: un mismo espacio, muchas historias

En Merlo, la Plaza Eva Perón, conocida como La Rotonda, cambia de actividades según el día y la hora. ANUNM te cuenta el ritmo social de ese espacio verde.
Artesanías y emprendimientos, ropa, libros, stickers, cerámicas, alfombras, acero quirúrgico y sahumerios abundan en los puestos de la Feria Nómades.

Existen lugares que parecen tener muchas vidas a la vez. Comienzan el día recibiendo a los que ejercitan sus cuerpos y a los que pasean a sus perros. Al atardecer, familias y amigos los visitan; vendedores, eventos culturales y ferias se presentan. Hasta que llegan los jóvenes y el sonido de la música reemplaza al de las hamacas. El paisaje cambia sin que cambie el escenario: el espacio es el mismo, quienes lo habitan, no.

En el conurbano bonaerense, la Plaza Eva Perón de Merlo, llamada coloquialmente La Rotonda y ubicada en el barrio Parque San Martín, se convirtió en un escenario donde conviven y entran en conflicto distintas maneras de habitar el espacio público. Como un reflejo de su comunidad, representa múltiples posibilidades para los diferentes actores que la utilizan y se identifican con ella.

A diferencia de otras plazas, su diseño se aleja de lo tradicional. El césped se eleva en pequeñas colinas que rompen con la planicie del terreno e invitan a correr, sentarse, jugar o rodar cuesta abajo. Este paisaje ondulado convierte cualquier recorrido en un paseo dinámico, a menos que sean los días en que los vendedores utilizan las laderas de las pendientes para exponer sus productos sobre sus mantas.

Autoconvocados y sin muchas opciones, llegaron a ser más de 10 vendedores congregados en uno de los caminos de la plaza. Exhiben ropa usada, antigüedades, productos caseros para la merienda, sin orden ni categoría, y se acomodan con sus mates a esperar a que circule la gente. Las mantas comenzaron a aparecer de a poco y, como si fuese por efecto contagio, ya forman parte de lo cotidiano de todas las semanas.

Sin embargo, cuando le preguntamos a Mirta Rodríguez por qué cree que hay cada vez más personas vendiendo en las plazas sostuvo mirándonos a los ojos: “Porque no tienen para comer”. Mirta cobra la jubilación mínima y dijo: “Si tuviera la posibilidad de laburar, acá no vengo. Antes trabajaba también en feria pero era otra época. Se vendía. Ahora no”.

Ella no trae su manta ni sus productos, sólo viene a acompañar y a intentar organizar a los vendedores. Nos presenta a Estela Siminelli que por momentos levanta alguna prenda que le solicitan y por otros comparte su experiencia: “Nos compramos entre nosotras cuando necesitamos algo y también le vendemos a la gente que pasa”.

“Hay días como hoy que no se vende nada. Es jodido porque capaz no tenés nada y la tenés que masticar igual”, agrega la vendedora. La contracara de esta feria espontánea, es otra feria que visita La Rotonda algunos días particulares, una que cuenta con un permiso de habilitación municipal y que, para participar en un puesto, los feriantes tienen que pagar 20 mil pesos.

Esa condición se vuelve inalcanzable para muchas de estas personas. Sin embargo, son, en cierta forma, libres de ganarse la vida. “Una sola vez acá vino el intendente y le dijo a Marcela: ¿Por qué no te traés una mesita para que quede más prolijo? Si él sugirió eso, está todo bien. Podemos vender”, reflexiona Mirta refiriéndose al actual Intendente de Merlo, Gustavo Menéndez, y explicó que en otras plazas sí les suelen pedir que se vayan.

La Rotonda es un ente con vida propia y el problema (para algunos actores) es que nunca tiene descanso. A las dos de la mañana, mientras algunos vecinos intentan dormir, en la plaza las motos aceleran una y otra vez. Los gritos de los jóvenes reunidos se cuelan en las habitaciones de los vecinos circundantes hasta que la música fuerte empieza a salir desde un parlante para no detenerse más durante algunas horas.

Estos encuentros son protagonizados principalmente por personas que consumen alcohol o marihuana y que acuden para hacer sociales. Muchos conducen motos y circulan por la plaza como si se tratara de una calle abandonada. Estas escenas no siempre son permitidas en los espacios públicos, sin embargo, acá no tienen limitaciones. Por el contrario, se convierten en rituales de visibilización que remarcan un sentido de pertenencia.

¿De quién es la plaza? Un retrato de la convivencia en Merlo

Después de trabajar todo el día, Joel Díaz le dijo a su amigo “vamos a la plaza a descolgar un rato”. Él es técnico en refrigeración y tiene 26 años. Cuando le consultamos por qué elige venir a La Rotonda, dice: “Venimos acá porque no hay tanta gente y me siento más cómodo. Es la vieja confiable”

Olga Mabel Zecca, licenciada en Gestión Cultural, aclara: “Hay una identificación con el espacio público, sino no se reunirían ahí”. La plaza es el espacio compartido y se reflejan las tensiones por los diversos usos. Puede haber disputas por el espacio, como en todos lados, pero refleja lo que pasa en una comunidad. “La gente va porque quiere ser vista, para reconocerse con el otro, y es donde comparten algo que les da algún tipo de identidad y pertenencia”, agrega.

“Yo vengo a la noche porque laburo todo el día y vengo a descolgar, a fumar”. cuenta Joel y dijo que a partir de las seis de la tarde se van las familias y llegan los que se juntan con las bicicletas y las motos a hacer ruido. “Yo no banco, pero en el sentido monetario es más accesible juntarse acá porque tomás una coca y listo. En cambio, si querés ir a un bar, es más caro”, explica.

Zecca señala: “Puede ser que no guste que haya un montón de pibes acelerando una moto, pero no deja de ser una expresión de un grupo que se identifica con determinada práctica”. Y sostuvo que no se le puede prohibir a alguien usar un espacio público, “lo que hay que hacer es regular el uso y las actividades que se realizan”.

Tomás Alonso es un caso particular porque vive enfrente y también se suele juntar con los jóvenes a la noche: “La comodidad es que tenés muchos espacios para sentarte y a diferencia de otras plazas tiene cercanía con negocios diversos como kioscos, almacenes, panaderías y pizzerías”. Sobre los disturbios sostuvo que “a veces se pasan de insoportables pero también hay que ser consciente de que vivir frente a una plaza es estar expuesto a esto. Primero se hizo la plaza, después las casas”.

Joel Díaz también reflexiona: “Entiendo que los vecinos se quejen porque llega a cierto punto que te cansa. Hasta a mí, que estoy en la ranchada.” Depende mucho de cada persona pero “los que vienen y dejan las mesas todas sucias… Creo que se cayeron de la cama. La plaza es un espacio de todos pero tampoco para venir con las motos y ponerte a tirar cortes”

La hija del dueño del bar frente a La Rotonda, Camila Miranda, cree que en el último tiempo hay muchos jóvenes porque abrió un nuevo negocio de tragos en la zona y sostiene que la policía debería intervenir: “Siempre que veas, hay motos. No está mal juntarse con amigos en una plaza, yo también lo hago, pero hay que ser conscientes. No pueden estar con las motos arriba, andando, porque hay criaturas”.

Si bien a ellos, al ser un bar, no les afecta el ruido; especificó que la vecina de arriba, que tiene una hija con discapacidad, sufre mucho durante las noches. “Es como tener un parlante dentro de la casa. Hace poco falleció su marido y eso les afectó mucho a las dos. Lo único que podría hacer en este momento es dormir y no puede. Y no es solo los sábados, también se juntan los días de semana”, describe la comerciante.

Jimena Marco vive frente a la plaza junto a su familia hace cinco años y registra cambios “para peor porque se nota que cambió la gente que viene”, dice, mientras explica que, con varios vecinos, tienen un grupo e hicieron denuncias a la policía: “No se respeta el derecho al descanso. No podemos dormir y nos afecta mucho”.

Zecca expresa que es respetable la necesidad de encuentro de estos jóvenes: “La cuestión es si la plaza es el lugar al que tienen que ir a hacer esas cosas. Capaz la solución es habilitar otro lugar, pero es evidente que un lugar es necesario”. Defendió que hay que darles un espacio alternativo: “Seguramente hay algún área de reserva que no sea tan utilizada”.

También reflexiona que puede ser un tema generacional: “Tal vez hay que informar sobre cuestiones de convivencia. A veces eso no se aprende en casa y es la propia comunidad la que marca la norma a respetar”. Quizá la solución sería “poner carteles indicadores de límites horarios y decibeles para la amplificación sonora y que todos lo sepan. Así el que no quiere ser echado, lo respeta.”

“Muchos vivíamos solamente de esto pero hoy es complicado vivir solo de un emprendimiento. Ahora tenés que ir rotando por otras ferias”, revela Micaela Cabrera, organizadora de la Feria Nómades.

Un centro comercial libre y un espacio cultural como política pública

En este terreno que nunca termina de ser plano, la vida social también parece seguir con esa lógica al cambiar de ritmo y de protagonistas de manera constante. La geografía de la plaza anticipa la geografía social: la música se transforma y después del candombe nocturno, comienza de a poco a gestarse la melodía de los fines de semana de feria.

El epicentro de la plaza, el histórico anfiteatro y sus escalinatas, los sábados al mediodía, comienza a reverberar de movimiento en un llamado a la presencia. Los puestos comienzan a montarse y los feriantes se aglutinan en fila a lo largo de uno de los caminos al son del rock nacional. Micaela Cabrera es la organizadora de la Feria Nómades que cumple seis años de concurrencia en La Rotonda.

Artesanías y emprendimientos, ropa, libros, stickers, cerámicas, alfombras, acero quirúrgico y sahumerios abundan en los puestos. Los feriantes ya tienen sus lugares definidos, ya sea cerca de la calesita o en el centro donde Cabrera le bajó el volumen a la música conectada al parlante para poder explicar: “El proyecto nació para compartir con nuestros hijos nuestro espacio de trabajo. Sobre todo para las mamás que estamos solas y tenemos que trabajar”.

“Muchos vivíamos solamente de esto pero hoy es complicado vivir solo de un emprendimiento. Ahora tenés que ir rotando por otras ferias”, revela la feriante y describe: “Al principio venía gente grande a pasar la tarde y si vendían, vendían. Si no, la pasaban bien por el ambiente y la buena onda. Se iban hechos de energía”.

Ahora explica que “hay mucha gente que participa que tiene estudios universitarios y que tienen que salir a ganarse el mango de otra manera”. También nos aclaró cómo es la convivencia con la feria paralela: “Nosotros venimos de vez en cuando, ellos se suelen quedar todos los días. Tenemos la mejor y todos respetamos el espacio de trabajo del otro”.

Al paisaje ferial se le suman las múltiples actividades que organiza el municipio. Desde teatro infantil, shows, festivales de rock o cumbia, encuentros de murgas o competencias de rap; La Rotonda ya se consolidó como un espacio cultural que siempre cuenta con alguna propuesta. Lucas Saucedo, integrante de la Secretaría de Cultura, sostiene que “el hecho de contar con un escenario como parte de la estructura de la plaza facilita la realización de actividades”.

“Además, ya existe un vínculo con la comunidad, por lo que tratamos de sostener cierta periodicidad. Nosotros desde la Secretaría ofrecemos otro tipo de espacio para el vecino. Que pueda tener un taller o una obra de teatro gratuita”, sostiene, mientras explica que la constancia en La Rotonda no se generó de forma artificial sino que “responde a una dinámica que ya existía. La plaza ya contaba con la circulación de vecinos y con la presencia habitual de artesanos”

Según el funcionario, el objetivo es mantener “una programación que permita que las actividades se integren naturalmente a la dinámica del lugar”. También nos compartió que las actividades forman parte del programa de descentralización cultural a través del cual buscan “llevar propuestas por fuera de los espacios culturales institucionales y acercarlas a distintos espacios públicos”.

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