
El bullicio de la Avenida del Libertador quedó atrás apenas se atravesó el ingreso del predio de dieciséis hectáreas de la ex Esma. Desde ese momento, el único sonido que dominó el recorrido fue la voz de Sebastián, el guía encargado de la visita, acompañada por los relatos de los sobrevivientes y los pasos de quienes caminaron por el lugar este sábado nublado.
La visita comenzó en la planta baja. Frente al grupo, las escaleras señaladas por el guía marcaban el mismo recorrido por el que, años atrás, eran obligadas a hacer las personas secuestradas. A medida que Sebastián avanzaba con su relato, las expresiones de quienes escuchaban se transformaron en miedo y angustia. “Solo por este edificio pasaron cerca de 5.000 personas detenidas desaparecidas. Hombres y mujeres, estudiantes, militantes sociales y políticos. La mayoría fueron tirados vivos al mar”, explicó antes de continuar el recorrido.
Al subir las escaleras, el ambiente se volvió más frío y tenso. Las marcas de antiguos ascensores, las paredes desgastadas por el paso del tiempo y cada rincón del edificio parecían cobrar vida a través de los testimonios de los sobrevivientes, reproducidos una y otra vez en las proyecciones que acompañaban la visita.
El tercer piso, conocido por los marinos como “Capucha”, funcionó como el principal espacio de cautiverio. Allí, carteles y proyecciones reconstruyeron escenas de la vida en cautiverio: las medidas exactas de las colchonetas donde permanecían acostados durante días o años, y dibujos que representaban la limitada visión que tenían desde allí, muchas veces encapuchados e inmovilizados.
La incertidumbre comenzó a apoderarse de varios visitantes, que interrumpieron el silencio para preguntar cómo era la selección de las víctimas y de qué manera convivían en ese espacio. Sebastián respondió automáticamente: “La principal forma de cautiverio eran las denominadas cuchas, le decían así a una colchoneta en el piso, que estaban una al lado de la otra, separadas entre sí, apenas por un tabique de madera que solo dividía una colchoneta de la otra”.
La visita continuó por el “Pañol”, el lugar donde se guardaban las pertenencias de las personas secuestradas, donde objetos cotidianos que alguna vez formaron parte de una vida común quedaban reducidos a un depósito silencioso. Sin embargo, el impacto más profundo llegó al atravesar los pequeños espacios donde las mujeres embarazadas daban a luz a sus hijos. Sobre el piso frío de una de ellas podía leerse una pregunta: “¿Cómo era posible que en este lugar nacieran chicos?”. Aunque las detenidas embarazadas recibían algunas mínimas concesiones, continuaban expuestas a la misma violencia que atravesaban todos los secuestrados.
El recorrido finalizó en la planta baja, en el sector conocido como el de “los traslados”, el eufemismo utilizado para referirse a aquellos que iban a ser desaparecidos definitivamente. Allí, el guía explicó cómo las víctimas eran sedadas antes de ser llevadas a los vuelos de la muerte. Algunos visitantes escuchaban en silencio, mientras que otros permanecían sentados, intentando procesar todo lo que acababan de ver.
Caminar por la ex Esma no es solo visitar un edificio histórico, es enfrentarse cara a cara con una de las etapas más oscuras de la Argentina. La preservación del lugar permite comprender la dimensión real del terrorismo de Estado y entender por qué, aún hoy, la sociedad sigue reclamando Memoria, Verdad y Justicia.


