
Entre el olvido y el silencio, el 24 de abril, en Argentina y por ley desde 2006, se conmemora el Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos, un título que aminora la gravedad, aunque reserva la jornada no laboral para asistir a los actos conmemorativos. Más aún distante, Turquía, después de ciento once años, sigue negando este hito que, según Kemal Ataturk, el primer presidente de este Estado, les permitió liberarse para dar el salto a la “modernidad”. En tanto, la colectividad armenia, su diáspora mundial y la República de Armenia no olvidan que, en 1915, los derechos humanos alcanzaron el grado cero más cero. En ese año murieron masacrados un millón y medio de armenios, y no eran episodios de discriminación aislados, sino deportaciones, violaciones y una crueldad difícil de imaginar.

Una historia, un genocidio
“Después de 1914, al comenzar la guerra, los turcos, que eran vecinos, aprovecharon el conflicto mundial para deportar a los armenios y sacarlos de los lugares donde vivían”, explica el periodista del medio comunitario Guía Menk, Miguel Kouyumchian, descendiente de sobrevivientes, revisando el legado escrito de su padre Levón, ya fallecido. Coincide este testimonio con el del entonces embajador estadounidense en Estambul, Henry Morgenthau, cargo que desempeñó entre 1913 y 1916: “Será recordado como el colmo de la oscuridad, en medio de la penumbra de la guerra. No hay equivalente a la destrucción planificada y silenciosa de una raza. La raza armenia en Asia Menor fue efectivamente aniquilada.”
Las numerosas declaraciones confirman que las órdenes de Talaat Pashá, ministro del Interior, líder de los Jóvenes Turcos en 1915, eran “confiscar las propiedades, matar a los huérfanos y no dejar rastros de la presencia armenia” en Asia Menor, culpándolos de la derrota en la primera gran contienda. Los censos de la época, dentro del plan genocida, habían identificado casi dos millones de habitantes de esta nacionalidad. “El gobierno ha decidido exterminar totalmente a los armenios residentes en Turquía, poniendo fin a su existencia. Aunque tales medidas sean graves, no se debe hacer excepciones a la edad o al sexo, ni escrúpulos de conciencia”, había afirmado Pashá en 1915.
Abraham Stambolian, empresario armenio de CABA, siempre contaba que, en una de las caravanas forzosas en el desierto de Der Zor, “un armenio salvó la vida, entre los cuerpos fusilados”. Los datos objetivos y estadísticos hablan de una población numerosa pero minoritaria que fue eliminada, junto a otras naciones como la asiria y la griega, y, en el mejor de los casos, dispersada en calidad de refugiados, en los barcos franceses e ingleses, alejándose de este desastre, desde los puertos de Tarsus y del Líbano.

Memorias armenias en Argentina
“Mi abuelo Ohannés, nacido en Aintab, cerca de Adana, en el antaño reino armenio de Cilicia, nunca se hubiera imaginado que, a sus veintisiete años, estaría en Buenos Aires, de no ser por el genocidio perpetuado por los otomanos, que los turcos aún no reconocen”, agrega Kouyumchian. Por su parte, Elena Achdjian, exdirectora del instituto Marie Manoogian, del barrio porteño de Palermo, explica: “Ese proceso de violencia continuó y se profundizó con la matanza de Adaná en 1909, una de las primeras grandes masacres del siglo XX, en el marco del panturquismo, que buscaba imponer una nación homogénea”.
En tanto, el abuelo de Gabriel Tarpinian, comerciante, de 66 años, Arshag, se escapó protegido por la Cruz Roja. “Lamentablemente, vio a su propio padre cuando fue colgado en el trípode de ahorcamiento, dándole la comandancia turca la opción de convertirse al mahometismo, y él lo rechazó, siendo muerto allí mismo”, dice Gabriel, y agrega: “En Armenia tenían viñedos y todo se perdió”.
Aquí, en Argentina, la familia Tarpinian se especializó en fotografía y ferretería, y estos hechos los conoce por tradición oral. Con riesgo de profundizar en hechos doloroso, Avedis Naccachian, montañista de 81 años que vive en el Delta, relata: “Mis abuelos maternos, Krikor Mekdjian y Homesí Achukian, eran del pueblo de Evereg –hoy Develi–, en Cilicia, y tenían dos hijas pequeñas. Junto con su hermano Sarkis y otros jóvenes armenios, Krikor viajó a Estados Unidos en busca de porvenir, y dejó a toda la familia a cargo de sus padres, sin adivinar la tragedia que se iba a producir. En agosto de 1915 los turcos invadieron el pueblo y, junto con otros compatriotas, todos sus familiares fueron asesinados, junto a las niñas”.
¿Por qué es importante la memoria de un hecho tan triste y vergonzoso para la humanidad? Aprender de la vida podría ser una respuesta. Otra: buscar caminos de entendimiento y alternativos, diferentes al del crimen y al del poder despótico; una opción opuesta a la crueldad. Entender es casi imposible. Recordar, contar y exigir memoria no es solo mirar al pasado: es una forma de hacer justicia en el presente. Pero es una pena que la historia –si evocamos la dictadura militar, los crímenes de guerra actuales en Oriente Medio y la destrucción de los monumentos e iglesias en la Armenia histórica–, cada tanto, se empecine en su terquedad y vuelva a repetirse.


