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Graduada en Comunicación Social (UNM)

Chernobyl: a 40 años del accidente nuclear, habla un trabajador que sobrevivió a la radiación y que vive en Argentina

El ucraniano Oleksandr Zahorodnyuk recuerda cómo fue trabajar 28 días en el corazón de la tragedia, pocos meses después de la fuga radioactiva. Hoy, a sus 70 años, desde su casa en Mariano Acosta, le cuenta a ANUNM por qué eligió vivir en Argentina y cómo ese cambio le transformó la vida.
“Tengo comunicación con Ucrania y me dijeron que de 30 personas solo vivo yo porque me alejé de la radiación”, dice Oleksandr.

Oleksandr Zahorodnyuk tenía 30 años cuando fue obligado por el gobierno soviético a trabajar como “liquidador” en la zona del accidente durante casi un mes. Él era uno de los casi 250 mil hombres, entre soldados y civiles, que trabajaron en las zonas contaminadas para reducir las consecuencias de la radiación. La operación de limpieza posterior a la explosión fue, sin duda, una de las mayores de la historia de la humanidad.

El accidente ocurrió el 26 de abril de 1986 en el reactor número cuatro de la central nuclear de Chernobyl, a 16 kilómetros de distancia de la ciudad de Prípiat. Según las cifras oficiales, 31 personas perdieron la vida de forma inmediata en el momento de la explosión. La radiación liberada al estallar el reactor fue doscientas veces superior a la provocada por las bombas arrojadas por Estados Unidos en Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso, el número de víctimas sigue siendo hoy difícil de precisar.

Para Oleksandr esos 28 días que trabajó en el lugar del accidente lo marcaron para siempre. En 1998, en búsqueda de una vida más tranquila y alejada de la radiación, vino a vivir a Argentina. Desde su casa ubicada en Mariano Acosta recuerda aquellos días como liquidador y reflexiona sobre las consecuencias de una tragedia que todavía no termina de dimensionarse.

¿En qué parte de Ucrania naciste y de qué trabajabas antes de participar en la limpieza de la zona de la explosión nuclear?

Nací en el sur de Ucrania, provincia de Jersón, cerca del Mar Negro. Antes del accidente de Chernóbyl trabajaba como chofer de una empresa constructora que daba servicio a la planta nuclear Pivdeno Ucrainska, ubicada en la provincia de Mykoláiv.

¿Cómo fue que te convocaron para trabajar como liquidador de Chernóbyl?

La tragedia fue en abril y en septiembre nos mandaron a trabajar ahí a todos los que estábamos en las plantas centrales. Vivía a 900 kilómetros de donde ocurrió el accidente.

Esto era “voluntario” u obligatorio. En mi empresa nos dijeron que podíamos ir quince días a trabajar de forma “voluntaria”. Como militar podía ser por seis meses. Entonces fuimos por quincena, pero al final no vinieron nuestros reemplazos y nos tuvimos que quedar 28 días. Cuando llegamos nos dieron un aparato que nos colgamos en el cuello como los médicos, que medía la radiación.  Trabajábamos con barbijo de farmacia, comunes, y guantes blancos. Esa era nuestra protección. Nadie pensaba que era tan grave todo. Se hablaba mucho de lo que había pasado y se decía que era por culpa de un error humano.

Cuando terminamos de trabajar ese mes vinieron unos hombres y nos dijeron que estábamos perfectos, que no pasaba nada. Tengo comunicación con Ucrania y me dijeron que de 30 personas solo vivo yo porque me alejé de la radiación. Todos murieron, la mayoría por infartos. Yo tenía 30 años en ese entonces y no quedó nadie.

Las tareas que tenían los liquidadores eran diversas, mientras que algunos se ocupaban de la descontaminación, otros limpiaban los escombros que se encontraban alrededor del reactor, o ayudaban a construir el sarcófago de metal destinado a tapar el reacto del acciente. ¿Cuál fue tu rol durante estos 28 días?

Estaba como chofer, pero había otros que estaban en los tractores, albañiles, gente que limpiaba camiones de la radiación. Todos trabajábamos por la misma meta: liquidar toda la radiación que había, no importaba la profesión.

Durante la primera quincena mi tarea era llevar a los dosimetristas, que eran los que medían la radiación. Manejaba una camioneta blindada. Trabajaba a 20 kilómetros de distancia del reactor. Nos decían que a 30 kilómetros ya no había peligro. Yo decía “pero esto es aire, ¿cómo no va a haber radiación?”. Nosotros no pensamos que iba a ser tan grave.

En la segunda quincena manejé un camión volcador donde transportaba arena, piedras, escombros y cascotes. Toda central atómica tiene un lago para enfriar el reactor y cuando llovía esta agua salía del lago. Esto era peligroso porque era radioactivo, entonces nosotros llevábamos estos materiales para tapar la orilla. Estuve frente al hueco a una distancia de 200 metros, ahí sí tenía piel de gallina. Descargaba las piedras, iba y volvía todo el tiempo. Hacía como cinco viajes por día.

De acuerdo a la cercanía que tenían los liquidadores con el rector les asignaban distintos niveles según el grado de exposición radioactiva. ¿En qué nivel te encontrabas y qué significaba eso?

El nivel 1 era para aquellos que habían estado hasta 10 kilómetros de la planta ya que era muy peligroso. A 20 kilómetros del reactor era el nivel 2, menos radiación, y el nivel 3 estaba a una distancia de 30 kilómetros. Pasando los 30 supuestamente ya había aire limpio. Yo estaba en el nivel 2.

¿Los vehículos que ustedes utilizaban se volvían inservibles con el paso de los días?

Nos duraban quince días o un mes, el hierro chupa mucha radiación. Los militares lavaban los camiones, pero a veces llegaban a un límite que no funcionaban más. Todas las cabinas estaban tapadas por plomo porque decían que de esa manera no pasaba la radiación.

¿Eran conscientes de que estaban expuestos a altos niveles de radiación? ¿En algún momento tuviste miedo?

No tuve miedo, pero sí nos dijeron que nuestros hijos podían nacer con problemas de salud por haber estado expuestos a la radiación.

En noviembre de 1998 llegaste a Argentina, ¿cómo tomaste la decisión de venir para acá y qué cambió para vos?

Tengo 70 pero me siento mucho mejor que cuando llegué. Tenía un amigo que vivía acá y me dijo que viniera. En Argentina no hay radiación, todo es más sano y limpio. Agradezco mucho a este país, mi salud mejoró muchísimo. Cuando vine tenía presión alta, ahora ya no. Después de haber trabajado en Chernobyl estuve con muchos problemas de riñones.

Cuando llegué trabajé como mecánico, ahora me jubilé y estoy en casa. A veces arreglo algunos autos. Primero viví en Capital hasta 2015 y después pude comprar una casita acá en Mariano Acosta, donde también viven unos amigos. Acá todo me gusta.

¿Cómo está compuesta tu familia y cómo fue aprender el idioma español de cero?

Mi hija mayor, que en el momento del accidente tenía 7, ahora tiene 47 y vive desde hace quince años en Polonia, con mi nieto. Me gustaría ir de visita pero es muy caro. En el 2002 nació mi segunda hija, Irina, de mi segundo matrimonio, que estudia la Licenciatura en Administración en la Universidad Nacional de Moreno.

Llegué sin saber una palabra. Acá conocí a mi señora, ella de Perú, y sí o sí yo debía aprender. Me ayudó mucho. En ese entonces me acuerdo que el pasaje salía 70 centavos y yo pronunciaba “sextenta”. No sabía pronunciar. Ahora recuerdo eso y me da vergüenza. De a poco empecé a escribir y a hablar algunas palabras.

¿Qué le dirías hoy, 40 años después, a las nuevas generaciones sobre lo que sucedió?

Hay que aprender a cuidarse y a cuidar. La naturaleza es muy importante. Cuando pasaba por la ruta veía un bosque quemado y era un desastre. Tenemos que cuidar todo eso, algunos solo piensan en ganar plata y no les importa la vida.

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