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Nuestro derecho, nuestro lugar, nuestro futuro…

“La continuidad del sistema científico en nuestro país es muy difícil”

La doctora en Ciencias Químicas por la UBA, Daiana Capdevila, recibió el Premio Estímulo 2026 de la Fundación Bunge y Born, un reconocimiento que compartió con el investigador Marcos Tascón. La distinción, que para la homenajeada refuerza la importancia de seguir apostando por la ciencia en Argentina, reconoce su trayectoria de calidad y los aportes de su propia línea de investigación en química estructural, bioquímica y bioinorgánica. Habló con ANUNM sobre su recorrido y la difícil situación para hacer ciencia en Argentina.
“Hacer ciencia a espaldas de la sociedad no nos va a llevar a ningún buen lugar. Y no tiene que ver sólo con construir conocimiento que pueda dar respuestas a preguntas sociales, sino con que esas respuestas generen herramientas y derechos”, dice Capdevila.

La doctora en Ciencias Químicas por la UBA, Daiana Capdevila, recibió el Premio Estímulo 2026 de la Fundación Bunge y Born, un reconocimiento que compartió con el investigador Marcos Tascón. La distinción, que para la homenajeada refuerza la importancia de seguir apostando por la ciencia en Argentina, reconoce su trayectoria de calidad y los aportes de su propia línea de investigación en química estructural, bioquímica y bioinorgánica.

Capdevila es investigadora independiente del CONICET, jefa del Laboratorio de Fisicoquímica de Enfermedades Infecciosas de la Fundación Instituto Leloir y profesora de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Su recorrido en la investigación inició con el estudio de los mecanismos moleculares de las bacterias. Realizó un posdoctorado en la Universidad de Indiana, en Estados Unidos, donde desarrolló un biosensor llamado Rosalind para detectar contaminantes en el agua. Actualmente, trabaja en nuevos biosensores que permitan detectar enfermedades infecciosas.

En comunicación con ANUNM, además de reflexionar sobre el premio obtenido, la Doctora habló sobre su trayectoria científica, los desafíos actuales de investigar en Argentina y los motivos que impulsaron su regreso. También invitó a pensar sobre las desigualdades de género en la ciencia, la importancia de la multidisciplinariedad y la educación.

¿Qué significó para vos recibir el Premio Estímulo de la Fundación Bunge y Born, especialmente en Química, que es la disciplina en la que te formaste?

Es uno de los premios más importantes que se otorgan en nuestro país y tiene mucha historia. La realidad es que para cualquier persona recibirlo es un montón. En mi discurso decía que la continuidad del sistema científico en nuestro país es muy difícil y este premio se dio de manera ininterrumpida desde 1964. Tiene casi la misma edad que el CONICET, que es la política científica pública más larga de nuestra historia. Además, los tres premiados de este año no trabajamos exclusivamente dentro de las fronteras de la química, porque ella tiene la particularidad de tender puentes con otras disciplinas. Está bueno que el jurado haya valorado eso y no pensar que si algo tiene un poco de biología o de aplicación deja de ser química. Esa apuesta a la interdisciplina es lo lindo de este premio, en particular.

Al recibir el premio dijiste que estos reconocimientos son importantes como incentivo, pero que no sustituyen las políticas públicas necesarias para sostener la ciencia. ¿Cuál es actualmente el principal problema que enfrenta la investigación científica en Argentina?

Una de las cosas más claras es el número de personas dedicándose full time a la investigación, que cada ocho días es uno menos. También se afecta la proyección de las nuevas generaciones. Yo hice la tesis en un contexto en el que íbamos conquistando derechos, cuando los becarios tuvimos por primera vez cobertura médica. Hoy, después de 15 años, eso no existe más. Sumado a eso, nuestros salarios se redujeron un 40%. Tampoco hay investigadores nuevos desde hace 3 años, cuando las convocatorias son anuales. No sé cuánto tiempo les llevará cerrar el CONICET. Estamos sosteniéndonos entre nosotros, en muchos casos con financiaciones internacionales que tampoco sabemos hasta cuándo van a durar. Lo único que da cierta esperanza es la organización colectiva que se está dando.

¿Qué significa para vos como investigadora argentina ver que para impulsar algunos proyectos se depende cada vez un poco más de fondos internacionales?

El otro día hablaba con un colega y me decía que está volviendo a pasar que la ciencia la hacen los ricos. No es tanto una cuestión de motivación, sino que el becario al que los padres le pueden pagar el alquiler, que no necesita de su salario para poder sostenerse en el sistema científico, quizás le resulte más fácil, y quizás sean los becarios que más haya, en breve, en el sistema científico. A mí lo que me da, honestamente, es miedo. Miedo de que se acabe la financiación. Es una sensación de incertidumbre, realmente no queda otra que resistir.

Si tuvieras que explicarle a alguien que no sabe nada de química qué preguntas intentan responder tus trabajos y algo sobre tu recorrido científico, ¿cómo lo harías?

El laboratorio empieza con una pregunta muy fundamental que tiene que ver con entender cómo funcionan los “sensores”, llamados así coloquialmente. Las bacterias, que son organismos de una única célula, colonizan o se reproducen en lugares que tienen los nutrientes que necesitan y no hay compuestos tóxicos. Ellas tienen un montón de sensores internos que les permiten saber si ese es un buen lugar o no, o cómo reprogramarse para poder colonizar un espacio. Nosotros trabajamos con proteínas que funcionan como sensores en las bacterias, y la primera pregunta del laboratorio fue cómo evolucionan, cómo son capaces de pasar de medir plomo a medir arsénico. Esa es una pregunta fundamental de química: cómo la vida aprende a distinguir dos iones que en principio no tienen sabor, ni olor, ni color y no sabemos dónde están.

¿Cómo se traslada ese análisis al desarrollo de Rosalind, los biosensores para detectar contaminantes en agua?

No tenemos hoy muchas maneras, salvo técnicas muy complejas, para medir si el agua está contaminada con arsénico, pero las bacterias aprendieron eso hace millones de años. Con la colaboración que empezamos con la Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo (ACUMAR) y con un laboratorio de Estados Unidos, hicimos biosensores basados en estos mecanismos que tienen las bacterias. Nosotros trabajamos con resonancia magnética nuclear para estudiar las proteínas que se ocupan de estos sensores: se pueden medir los átomos en una proteína y ver cómo estos se mueven, cuál es el entorno que tienen, y ver cómo, por ejemplo, una de estas proteínas logra distinguir arsénico de plomo en concentraciones muy chiquititas.

¿Qué te llevó a interesarte por esos mecanismos?

Era un tema que no se trabajaba en Argentina cuando terminé mi doctorado en fisicoquímica de proteínas. Encontré un laboratorio en Estados Unidos, en la Universidad de Indiana, donde estudié cinco años el posdoctorado para interiorizarme en los sensores bacterianos. Me empecé a interesar en cómo estos sensores permiten medir, de manera muy específica, concentraciones muy bajas de distintos metales que están en el medio ambiente, introducidos por el hombre o no, y que pueden ser tóxicos en altas concentraciones.

¿Hasta qué punto las necesidades sociales influyen hoy en las preguntas que se hacen en el laboratorio?

Antes, al hacer ciencia básica, se asumía que las aplicaciones iban a ocurrir muchísimo después. Hoy la ciencia básica y la aplicada pueden hacerse en paralelo. Quizás, que nosotros tengamos esa aplicación más a mano es una cuestión de necesidad, de la presión de los estados o de las entidades que financian la ciencia. Lo positivo es que lo que hacemos en el laboratorio se puede ver, en un mediano plazo, como una herramienta para resolver problemas en la sociedad. Hacer ciencia a espaldas de la sociedad no nos va a llevar a ningún buen lugar. Y no tiene que ver sólo con construir conocimiento que pueda dar respuestas a preguntas sociales, sino con que esas respuestas generen herramientas y derechos.

Decidiste volver a Argentina teniendo oportunidades para continuar tu carrera afuera. ¿Por qué elegiste volver?

Me fui en el 2015 sabiendo que quería volver. Y estoy acá desde el 2020. Si bien aparecieron oportunidades, nunca las exploré seriamente porque yo quería hacer ciencia en Argentina. En los momentos en los que sentí que lo que yo estaba haciendo en Estados Unidos podía servir para algo, me quedaban fuertes dudas de si ese “algo” era satisfactorio o era generar mejores sensores para soldados que estaban combatiendo en otros continentes. Hay algo de hacer ciencia en Argentina y ser docente que siempre me resultó valioso.

¿Qué es lo que puede ofrecer Argentina a una investigadora o un investigador joven que quizás no encuentra en otros países?

Algo que me gusta mucho del sistema científico y que no encontré en Estados Unidos es el grupo de trabajo. Argentina tiene una formación universitaria excelente, la gente está muy motivada, quizás es un poco por resiliencia, porque el sistema es tan hostil que quienes llegan convencidos de hacer un doctorado, realmente tienen muchas ganas de hacerlo. El grupo de trabajo que construimos acá, en Estados Unidos no me imaginaba pudiendo construirlo. Y no es porque allá falten capacidades, sino porque hay algo que tiene que ver con la motivación, que acá está muy presente. Desgraciadamente, es una de las cosas que más se ven afectadas por estos contextos.

En el artículo “Con una sola ciencia no alcanza”, junto a Iván Dalmau, hablaron de la soberanía epistémica como una forma de evitar que otros piensen nuestros problemas por nosotros. ¿Qué podrías decirme al respecto?

Tiene que ver con ser dueños de nuestros problemas. Estar desde Argentina financiando preguntas que no nos pertenecen, no nos permite cambiar. Hay que poder acercarse a otras disciplinas que tienen una mirada armada, una construcción histórica y son territoriales. Hay que poder cambiar la mirada que tenemos sobre nuestras preguntas, en función de dónde estamos parados y cuestionando las barreras entre las disciplinas, para poder dar respuestas que vayan más allá de preguntas específicas. En ciencia, nadie trabaja solo.

Has hablado públicamente sobre cómo las desigualdades de género atraviesan al sistema científico. ¿Notás que esto persiste aún hoy?

El techo de cristal era muy tangible empezando la carrera. Había mujeres en el sistema científico que, por alguna razón, nunca llegaban a posiciones de poder. Eso se fue cuestionando y lentamente va cambiando. El origen del problema tiene que ver con cómo nos distribuimos históricamente el trabajo con mujeres y varones y la falta de visibilidad de las mujeres. El sistema científico necesita diversidad de identidades en todos los estamentos y la ausencia de representatividad es algo que necesitamos resolver. Típicamente la persona exitosa en ciencia es el varón, blanco, de clase alta y no tuvo la necesidad de preguntarse si la ciencia que hace le tiene que impactar a alguien o no. Y esa ciencia a mí no me interesa.

Al finalizar la entrevista, Capdevila reflexionó sobre el difícil contexto que atraviesan las universidades públicas en Argentina y las contradicciones que observa entre algunos estudiantes. Señaló que, mientras algunos expresan mayor preocupación por los paros que por los problemas de desfinanciamiento, otros reflexionan en clase sobre la situación actual del sistema público. Al respecto, consideró necesario resistir y repensar las formas de lucha colectiva para transformar la situación de la ciencia y la educación en el país.

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