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“Afuera los ingenieros argentinos son muy reconocidos”

Lucas Knaupp es ingeniero electrónico, graduado en la Universidad Nacional de Moreno, y actualmente vive en Berlín, en donde trabaja en una empresa aeroespacial. Deade quella ciudad dialogó con ANUNM para contar su experiencia, su vida en Alemania y su paso por la UNM.
“Vivir en otra cultura es una experiencia extraordinaria”, dice el ingeniero electrónico formado en la UNM.

Lucas se desempeña actualmente como ingeniero en el sector aeroespacial, donde trabaja en sistemas satelitales. Su experiencia incluye la integración de equipos y la validación de sistemas electrónicos para vehículos espaciales. Su paso por la UNM estuvo marcado por la participación en proyectos de investigación, el desarrollo tecnológico y el acompañamiento docente. ¿En qué país trabaja? Aunque se diga en el cuerpo de la nota, acá tiene que estar.

¿Qué te llevó a elegir la Universidad Nacional de Moreno y cómo fue tu recorrido académico?
Me mudé con mi familia después de terminar la secundaria a General Rodríguez. En ese momento estudiaba otra ingeniería en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), en Caseros. Cursé dos o tres años: terminaba de trabajar a las cinco de la tarde y después me iba a la universidad, así que pasaba todo el día fuera de casa.
La UNM se había inaugurado aproximadamente cuando yo terminé la secundaria, pero me enteré de su existencia más tarde. Fui a conocerla y me pareció una buena opción para estudiar más cerca. Me anoté en una ingeniería similar a la que cursaba en Caseros y me cambié a Ingeniería en Electrónica con orientación en Aplicaciones Agropecuarias.

¿Qué herramientas te brindó la universidad para tu formación profesional, más allá de los conocimientos técnicos?
Destacaría la posibilidad de participar en proyectos reales, principalmente vinculados con el sector agropecuario. Trabajé mucho con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), con el que la universidad tiene un acuerdo. Participábamos en proyectos de hardware que terminaban funcionando en aplicaciones concretas. Eso me permitió aplicar los conocimientos teóricos a situaciones reales. Por ejemplo, aprendí a diseñar placas electrónicas, algo que me sirvió para mi primer trabajo en la industria aeroespacial, en Satellogic, una empresa argentina donde esa era mi principal tarea.
Además, durante los últimos años de la carrera fui consejero y aprendí muchas cosas que iban más allá de lo técnico: organización, comunicación y trabajo con personas que tenían otras formaciones y visiones del mundo. Poder comunicarme con quienes no compartían mi mismo ámbito de conocimiento fue un aprendizaje muy valioso.

¿Qué te llevó a ser consejero de la carrera y cuáles fueron las principales problemáticas que buscaron resolver?
Veía que la carrera necesitaba cambios y actualizaciones. Consideraba que hacían falta nuevas miradas. Con otros estudiantes impulsamos una organización transversal entre las carreras del Departamento de Ciencias Aplicadas y Tecnología, porque hasta entonces no existía una articulación de ese tipo.
Los problemas eran de todo tipo: conflictos entre estudiantes y profesores, o entre los propios estudiantes. Éramos tres o cuatro personas, así que nos enfocamos en organizar charlas extracurriculares y en recibir a los ingresantes con estudiantes avanzados que les dieran otro punto de vista además del de los docentes. Peleamos mucho por tener laboratorios abiertos, algo clave en electrónica, porque no todos pueden tener en casa el equipamiento para desarrollar proyectos. Logramos horarios en los que se podía ir al laboratorio aunque no hubiera clase. También hacíamos de nexo: si un proyecto de investigación no conseguía estudiantes, salíamos a buscarlos. Hacia el final de nuestro mandato llegó el COVID, con todos los problemas de la virtualidad. Armamos bibliotecas y drives para compartir libros.

Participaste en proyectos con el INTA y empujaste los laboratorios abiertos. ¿Cuánto depende el desarrollo profesional del esfuerzo individual y cuánto de las oportunidades que da la universidad pública?
Creo que es 50 y 50. El esfuerzo individual es necesario, hay que quedarse hasta tarde estudiando y hacer sacrificios, pero sin oportunidades es muy difícil tener esas experiencias. Yo me siento privilegiado: como fui el primer egresado de mi orientación, fui de los primeros en pasar por ciertas materias y el primero de la universidad en investigar en el INTA. Desde que me cambié de universidad se me abrieron muchísimas puertas, y no creo que estaría donde estoy si no fuera por eso.

Y dentro de ese 50% individual, hablar solo de esfuerzo personal es poco. Tuve el apoyo completo de mi familia. Trabajaba 9 horas, estudiaba 5 y volvía a las 11 de la noche, y mi familia me esperaba con la comida; yo no tenía que preocuparme por nada de eso. Ese esfuerzo individual es también un esfuerzo familiar, un sistema de apoyo que me sostuvo.

Hoy vivís en Berlín. ¿Qué diferencias encontrás en lo laboral entre Alemania y Argentina?
No vine directo: primero viví un año y medio en Luxemburgo. Trabajo en una empresa muy parecida a la que dejé en Argentina. Es una empresa del New Space, que hace lo mismo que la industria aeroespacial clásica pero más rápido y asumiendo más riesgo. Tengo compañeros argentinos y hasta un manager que era el mismo que tenía en Satellogic, aunque es alemán. A nivel técnico y de día a día es muy parecido.

La diferencia está en los derechos laborales, y me duele decirlo, pero acá son mejores. Tengo 30 días de vacaciones; en Argentina hay que trabajar como diez años para llegar a eso. También hay una gran diferencia entre salario y costo de vida. Trabajando las mismas horas y con el mismo esfuerzo, allá era imposible proyectar comprarse una casa. Yo tengo 33 años y mi pareja 30, y es algo en lo que pensamos; acá no es tan difícil de imaginar. Satellogic sigue existiendo y está en un buen momento, después de que hace unos cuatro años despidiera a la mitad de la empresa. Pero es un caso muy particular, un unicornio: hoy no hay otros lugares como ese en Argentina.

¿Qué reflexión te genera que el país forme profesionales que luego encuentran mejores condiciones en otros lugares?
La primera palabra que me viene es decepción. Yo no lo veo como algo permanente. Tengo bastante claro que voy a volver a Argentina, no sé si en cinco o en diez años. En mi empresa más de la mitad somos extranjeros, de todo el mundo, y muchos de mis compañeros sí quieren quedarse; yo no.

Vivir en otra cultura es una experiencia extraordinaria. Se aprende mucho, y sobre todo sobre la cultura de la que uno viene, porque empezás a ver como no naturales cosas que dabas por naturales, incluso en las formas de trabajar. Pero me frustra que, en electrónica, no siento que el país vaya en la dirección de tener una industria interesante. Hoy el rumbo es más de importar que de sustituir importaciones, como se hacía hace unos años, y eso genera un escenario poco atractivo para desarrollar tecnología. Ojalá cambie pronto.

Si pudieras dejarle un mensaje a la comunidad universitaria, ¿qué no deberíamos perder de vista cuando hablamos del valor de la educación pública?
Tengo tres ideas. La primera es agradecimiento: a los profesores, a la gente de Rectorado, a la de Vinculación Tecnológica. Vuelvo a Argentina una vez por año y siempre me reservo un día para visitar la universidad y a la gente con la que estudié. La última vez fui tres veces, porque trabajábamos en el proyecto de Cansat (nota de la r: un “mundial de satélites” que se hizo en mayo pasado en México) y me junté con los estudiantes con los que habíamos colaborado a distancia en las entregas para el mundial. Es difícil mantener el contacto por la distancia, y ya no conozco a los estudiantes actuales, pero lo intento.

La segunda es algo que se pone todo el tiempo en duda: la educación en Argentina es muy buena. En Satellogic éramos muy pocos los que veníamos de universidades del conurbano; casi todos eran de UTN, UBA o ITBA. Jamás me sentí menos. La formación que recibimos en Moreno es espectacular, de nivel mundial, y no lo dudaría ni un segundo. Afuera, los ingenieros argentinos son muy reconocidos, y ahí ya no importa tanto la universidad: se sabe que la educación pública argentina es buena. A pesar del deterioro de los últimos años y del presupuesto, sigo creyendo que es una de las mejores del mundo, y en mi industria se nota.

La tercera es la deserción. Cuando era consejero me preocupaba que se anotaran 100 personas en ingeniería y se recibieran tres. Me preguntaba cuánto valor les había dado la universidad a quienes se iban. Después, al viajar, vi que en ingeniería es algo común en todo el mundo. Aun así me sigue preocupando, sobre todo por lo que viene: estudiar cinco años puede entrar en crisis en un mundo donde todo parece inmediato por la inteligencia artificial. Hay una oportunidad para actualizarse y hacer algo nuevo, porque estas carreras seguirán siendo importantes, pero tienen que mantenerse vigentes y útiles a la sociedad.

Y sobre las oportunidades que genera la universidad, estoy muy condicionado para responder: soy primera generación universitaria en mi familia. A mí me cambió la vida. Me dio experiencias que habría sido muy difícil conseguir de otra forma.

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