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Estudiante de Comunicación Social (UNM)

“Catch up culture”: ponerse al día en una época sin tiempo

En este último tiempo las reuniones personales con amigos cambiaron; suceden pero con menos frecuencia y solo para “ponerse al día”. A esta dinámica se la conoce como “cultura de ponerse al día” o en inglés “catch up culture”. Conversamos con dos jóvenes y con varios intelectuales para que nos expliquen más sobre este fenómeno.
“La función de sostén emocional de nuestros amigos está en crisis. En parte por el individualismo imperante de la época y la hipervinculación a través de las pantallas, en deterioro de la vinculación cara a cara”, dice el doctor en Psicología Matías Mandelbaum.

Residente del partido de Morón, la diseñadora gráfica Anabella Ortellado, de 26 años, admite que no suele reunirse frecuentemente con sus amigos y amigas: “Siempre somos como: “Vamos a juntarnos algún día” y no nos juntamos o no podemos coordinar. A veces sale así de imprevisto y sale todo bien”.

La falta de tiempo y desgaste físico por factores externos se ven involucrados en el manejo de los vínculos. Ortellado comenta: “Actualmente estoy tratando de estabilizarme económicamente porque empecé a trabajar de nuevo. Aparte estoy estudiando. Entonces es como que tengo menos tiempo todavía y el fin de semana lo quiero pasar con mi novio”. Y agrega: “Se vuelve difícil coordinar”.

Los puntos de encuentro varían dependiendo de la persona y cuánto se pudo planificar. “Tengo amigas que las veces que nos juntamos fue solamente en casas. Hay amigos con los que nos juntamos en un espacio específico”, afirma. Cada tanto organizan ‘reuniones especiales’ como eventos, convenciones o salidas a tomar café. En su mayoría, según la diseñadora gráfica, suceden después de mucho planeamiento: “Se organiza con un poco más de tiempo: ‘Mirá, tal fecha hay un evento. ¿Quién va? ¿Quién compra entrada?’ y demás”.

Si bien se siente identificada con esta dinámica de “ponerse al día”, reconoce que “no creo que sea un fenómeno. Pienso que debe ser algo bastante común desde hace muchos años. Supongo que hoy en día la gente lo ve como un fenómeno porque todo se digitaliza y todos comparten sus experiencias”, menciona Ortellado.

Por otro lado, Lautaro Perazzone tiene 30 años, vive en San Miguel y es un estudiante de ingeniería que trabaja como supervisor de ventas en un concesionario a tiempo completo. “Mi grupo de amigos fue evolucionando con el tiempo. Por ciertas cuestiones terminamos siendo un grupo de tres personas. Podemos juntarnos una vez cada quince días, como mes por medio. Es muy inestable y difícil de cuantificar la frecuencia”, sostiene. 

Aunque tienen dificultades para juntarse, Perazzone asegura que la conexión y el vínculo permanece intacto: “Nos juntamos a pasar tiempo con nosotros. Nos reunimos en la casa de alguno a comer, charlar y tomar. Solemos hablar de tecnología, política, trabajo y varios temas que se van dando de forma arbitraria”. En cuanto a cómo percibe a la “cultura de ponerse al día”, la califica como algo negativo y “ultra artificial”: “La conozco y no me gusta para nada. No me siento identificado con ella”.

El doctor en Psicología, especialista en Psicología Positiva y docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Matías Mandelbaum, explica que las interacciones cambiaron como consecuencia de la incorporación de las pantallas en nuestros vínculos: “Se dan nuevas formas de socialización que suceden en este actor central de la época actual que es el mundo virtual”.

“La función de sostén emocional de nuestros amigos está en crisis. En parte por el individualismo imperante de la época y la hipervinculación a través de las pantallas, en deterioro de la vinculación cara a cara”, advierte. Por lo tanto, el especialista argumenta que este mundo virtual no puede reemplazar los encuentros presenciales: “Al ver a esa persona, podés abrazarla y ver el brillo de sus ojos. Es una comunicación más completa y más sincera”.

Con respecto al término “cultura de ponerse al día”, el licenciado en Sociología y magíster en Investigación Social por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Diego Paredes, aclara que no se trata de un concepto surgido de las ciencias sociales. Sin embargo, se lo puede categorizar como un “síntoma cultural” nacido de experiencias manifestadas desde fines de los años noventa y comienzos de los 2000. Vale decir que esas experiencias si fueron tratadas por las ciencias sociales.  

“Los autores más destacados que más me resuenan, uno fue Zygmunt Bauman, que propuso la idea de ‘modernidad líquida’ para advertir sobre una época marcada por vínculos más frágiles, transitorios e inestables. Por su parte, Richard Sennett también contribuyó captando cómo la flexibilización laboral y la creciente precarización de la vida cotidiana erosionan las posibilidades de sostener proyectos y relaciones duraderas en el tiempo”, subraya el también docente de Metodología de la Investigación Social en la Universidad Nacional de Moreno.

A su vez, Paredes especifica que el agotamiento económico, resultado de las políticas drásticas del modelo neoliberal, permite entender cómo se desarrollan las relaciones interpersonales en nuestro país: “La precarización laboral, la aceleración de la vida cotidiana, la incertidumbre económica y el creciente deterioro de las condiciones de vida han ido erosionando lentamente los espacios de sociabilidad y los modos más estables de construir lazos sociales”.

La doctora en Sociología y master en Responsabilidad Social y Liderazgo Sostenible, Griselda Lassaga, expresa que “existe una sensación permanente de falta de tiempo porque vivimos bajo lógicas de productividad continua y disponibilidad constante. Esto debilita los vínculos, ya que reduce los espacios de escucha, presencia y convivencia profunda”.

Para Lassaga, quien además es psicopedagoga e investigadora posdoctoral en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, manifiesta que puede existir una conexión entre el “síndrome de agenda llena” y el fenómeno de “ponerse al día”: “El “síndrome de agenda llena” refuerza la idea de que siempre estamos ocupados, lo que transforma los vínculos en encuentros breves, rápidos y postergados”.

Otro elemento que evita la realización de juntadas entre amigos es la comparación, cuya responsabilidad recae en las redes sociales: “La comparación constante puede generar inseguridad ante la presión social. Algunas personas evitan encuentros por sentir que deben mostrar logros, experiencias o una vida “interesante y muy marketinera” que vende la sobreexposición”, recalca la doctora en Sociología.

A pesar de que vivimos en una sociedad hiperconectada y con escasez de interacciones físicas, Lassaga insiste en que esto es reversible: “Es posible, pero requiere cambios culturales: revalorizar el tiempo compartido, poner límites a la hiperconectividad y priorizar espacios de encuentro más significativos. Dar valor e importancia con otra escala personal y organizacional, donde no todo es urgente y expeditivo”.

En esta misma línea, Mandelbaum lo cree factible mediante la primacía del vínculo cara a cara. “Volver a habitar espacios en común, como las plazas, los parques, los teatros, los boliches. Todo aquel espacio que pongamos la mente y el cuerpo. Todo espacio que nos permita ser, pero también nos brinde la posibilidad de abrazar a nuestro amigo”, reflexiona el doctor en Psicología.

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