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Graduada en Comunicación Social (UNM)

“Ya había perdido la esperanza de encontrar a mi papá

Mario Alberto Nívoli tenía 28 años cuando fue secuestrado una madrugada de febrero, en su casa de Córdoba, en 1977. Estudiaba Ingeniería Química en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y trabajaba como técnico electricista. Tenía una hija de apenas cuatro meses. Casi cinco décadas después, sus restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), poniendo fin a tantos años de búsqueda. Hoy, María Soledad Nívoli comparte con ANUNM su historia de memoria, reconstrucción y justicia.
“Está bueno darnos cuenta de que algunas cosas continúan funcionando, como lo hizo la Universidad a pesar de todo, la Justicia y el EAAF también, al igual que la prensa”, dice Soledad. Fotos: Gentileza Alan Monzón, de Rosario 3.

Días antes de conmemorarse los 50 años del golpe de Estado en Argentina la familia Nívoli recibió una llamada que esperaban desde hace tiempo: uno de los 12 restos encontrados e identificados en la fosa del ex Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio “La Perla” correspondía a Mario. El hallazgo se produjo gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en el predio de Loma del Torito, en el marco de la causa federal “Enterramientos clandestinos”, con la colaboración del Poder Judicial cordobés e investigadores de la Universidad Nacional de Río Cuarto.

María Soledad Nívoli tenía apenas cuatro meses cuando su padre fue secuestrado. Junto a su hermano mayor, su madre y el resto de su familia, nunca abandonaron la búsqueda. Una pregunta sencilla fue la que la enfrentó con una realidad: “¿Cuándo nació tu papá?”. A partir de ese momento, sintió la necesidad de reconstruir su historia personal y descubrir quién había sido Mario.

Hoy, a sus 49 años, Soledad es psicóloga y doctora en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Desde 2002 se desempeña como docente en la Facultad de Psicología de esa institución. Además de su labor académica, considera que es fundamental compartir el proceso de búsqueda y espera que atravesó su familia, como una forma de mantener viva la memoria. En diálogo con ANUNM, relata cómo fue reconstruir la historia de su papá, cómo vivió la noticia de su identificación y de qué manera le transmite esa experiencia a su hijo.

En primer lugar quisiera que me contaras cómo fue que tu mamá les contó, a vos y a tu hermano, sobre lo que había pasado con tu papá. ¿Qué recuerdos tenés de esa época?

Esto fue todo un tema, cómo se transmite la memoria de alguien que no está. Mi mamá optó, desde que éramos muy chicos, por decirnos que mi papá había muerto. Esa fue su elección. En ese entonces se discutía bastante entre los familiares y los organismos de Derechos Humanos sobre cómo transmitirles esto a los más chicos, ya que la figura del desaparecido era algo inédito.

Con el retorno de la democracia mi mamá nos contó a mi hermano y a mí que, si bien mi papá estaba muerto, no teníamos su cuerpo. Desde siempre acompañamos de manera activa y consciente la búsqueda de mi mamá y de mi familia.

Cuando me vine a estudiar Psicología a la UNR empezaron a aparecer, de manera más presente, las preguntas sobre su militancia y su vida. En los ´90 empecé a leer muchos estudios que se habían publicado en relación a las décadas del ´60 y ´70. Ahí fui haciendo una investigación más personal acerca de la vida de mi papá. En el 2002 fui a hablar con un sobreviviente de La Perla, que había sido la última persona en verlo con vida.

Ahí, en esa reconstrucción, me enteré de que había nacido en Ucacha, Córdoba, en 1948. Pasó su infancia allí, luego se fue a Las Perdices, donde hizo el secundario y le encontró el gusto a la música. Le gustaba mucho el rock y la fotografía, tenía su equipo de revelado y cuando se fue de viaje de egresados sacó fotos. Esas diapositivas fueron el puntapié de una muestra que hice años después. Luego él se fue a Santa Fe para estudiar Ingeniería Química, ahí conoció a mi mamá y empezó a militar en la Juventud Peronista primero, y después en Montoneros. En el ´75 la Triple A de Santa Fe le puso una bomba y ahí se fueron para Concordia, Entre Ríos, con mi mamá y mi hermano, que era chiquito. Después terminaron en Córdoba, ahí trabajaba en la planta potabilizadora de La Calera y un lunes antes de ir a trabajar, a la madrugada, lo secuestraron de nuestra casa. Él tenía 28 años.

¿Cómo fueron estos 49 años de búsqueda? ¿En algún momento perdieron la esperanza de encontrarlo?

Sí, la verdad que sí. Había pasado mucho tiempo, sabía que el EAAF nunca había dejado de buscar, pero La Perla era un predio enorme. En el 2022 tuve una charla con una amiga que tenía a su abuelo desaparecido y había recuperado el cuerpo hacía poco. Le comenté que ya había perdido la esperanza de encontrar a mi papá y ella se enojó. Me insistió para que al día siguiente llamara al EAAF, y ahí fue cuando me dijeron que no tenían novedades pero que se encontraban completando los perfiles genéticos. A ellos les figuraba que solamente yo había hecho la extracción de sangre, así que a partir de ese momento mi hermano y mi tía también dieron sus muestras de sangre.

Fue gracias a que completamos ese perfil que después pudo darse la identificación de mi papá. El otro momento importante fue en 2025 cuando nos constituimos, junto a más de veinte familias, como cuerpo querellante en la “Causa de Enterramientos Clandestinos”. Esta tomó nuevo impulso el año pasado cuando Guillermo Sagripanti, un geólogo de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC), encontró una foto satelital que le permitió delimitar dentro del predio La Perla un sector donde se podía buscar con más certeza. Ahí de algún modo se reflotó la esperanza.

“Fue inmenso, no esperaba que mi papá fuera uno de los identificados. De algún modo me había convencido de que iba a ser más adelante. Fue una sorpresa increíble y una sensación de alivio”, dice Soledad.

¿Cómo fue recibir la noticia de la identificación de tu papá? ¿Qué cambió para vos y tu familia?

Fue inmenso, no esperaba que mi papá fuera uno de los identificados. De algún modo me había convencido de que iba a ser más adelante. Fue una sorpresa increíble y una sensación de alivio. Tanta espera y tanta búsqueda había llegado a su fin para nuestra familia. Y, sobre todo, no le heredaba la búsqueda a mi hijo. Me angustié mucho cuando me di cuenta que no solo yo tenía un papá desaparecido, sino que mi hijo tenía un abuelo desaparecido. Me parecía tan terrible y con esto cambia mucho.

¿Qué reflexión te merece el trabajo que realizan desde el EAAF junto con el Poder Judicial en la búsqueda e identificación de detenidos-desaparecidos?

Las semanas anteriores al 24 de marzo corría un fuerte rumor de que desde el Ejecutivo se iban a dictar indultos para todos los militares. Son esas cosas que circulan y que uno no sabe si es para generar pánico o con qué fin. Por eso la noticia de los hallazgos fue importantísima, sobre todo, como una evidencia científica fundamental frente a esas vociferaciones y el negacionismo. Y también para constatar el funcionamiento de algunos órganos democráticos. El Ejecutivo no devora todo el sistema democrático, hay un montón de instituciones que funcionan y siguieron funcionando aún en este contexto. Los tiempos de la ciencia y la Justicia son otros. Está bueno darnos cuenta de que algunas cosas continúan funcionando, como lo hizo la Universidad a pesar de todo, la Justicia y el EAAF también, al igual que la prensa.

En estos años de búsqueda y espera también hubo una necesidad de reconstruir tu historia personal. En el 2007 presentaste una muestra de fotos que realizaste en homenaje a tu papá. ¿Podrías contarme cómo surgió la idea de “Cómo miran tus ojos”?

Fue una necesidad vital. Me estaba acercando a los 28 años, que es la edad que tenía mi papá cuando desapareció, y algo en mi existencia me empezó a faltar. Empecé a sentir que algunas cosas perdían sentido. La muestra fue como una salida para adelante de esa situación, sentí que necesitaba de algún modo reconstruir la vida de mi papá para exorcizar algo de esa presencia ausente de él.

En el 2002, cuando me designaron como docente, fui a hacer los papeles y la secretaria me preguntó por la fecha de nacimiento de mi papá. Me quedé en blanco, me di cuenta que no la sabía y me largué a llorar. Ahí caí en que no sabía nada de su vida. La muestra tuvo que ver con haber descubierto primero unas diapositivas que había sacado él.

Cuando pude ver las fotos me llevé una gran decepción porque eran como 60, pero en ninguna aparecía mi papá. Mi amigo fotógrafo me dijo que a quienes les gusta sacar fotos no les gusta aparecer en ellas. Entonces empezamos a ver el enfoque de cada una de ellas y vimos motivos que se repetían. Por ejemplo retrataba luces y sombras, flores, calles en perspectiva. Entonces elegimos ocho fotos y las replicamos en cada lugar de su vida. Fuimos recorriendo su propia geografía y su biografía con su mirada. Fue ir reconstruyendo su mirada a partir de esas imágenes.

A la muestra la presentamos por primera vez en el 2007 en la Facultad de Psicología de la UNR, donde yo ya trabajaba en ese momento como profe. La inauguramos el día del cumpleaños de mi papá.

¿Cómo está compuesta hoy tu familia y qué le contás a tu hijo sobre su abuelo?

Mi familia está conformada por mi compañero Carlos y mi hijo Emiliano, que tiene ocho años. Desde que nació apareció la figura de su abuelo Mario. Fue algo siempre muy presente y sabía que lo que faltaba era este hallazgo. Por eso cuando me llamaron para avisarme de la noticia le dije que habíamos encontrado a su abuelo. Y él me preguntó “sus huesitos, ¿no?”. Era eso lo que estábamos buscando y fue una felicidad para él también.

¿Qué te gustaría que sepan las nuevas generaciones sobre lo sucedido a partir de aquel 24 de marzo de 1976?

A los pocos días de la identificación me invitaron a un colegio secundario a dar una charla por el 24 de marzo. Fue súper lindo, los estudiantes me hicieron muchas preguntas. Cuando terminó el acto una nena muy chiquita me abrazó y enseguida se armó, de forma espontánea, una fila de abrazos. Fue tan hermoso. Por eso creo que la transmisión no es unilateral, sino que también es importante escucharlos a ellos y lo que nos quieren preguntar. Los más chicos tienen una gran sensibilidad. Ese día sentí que 150 familias me estaban abrazando. Quizás muchos de ellos no sabían la historia, o son generaciones que no conocieron todo este horror, pero igualmente son capaces de darse cuenta de que esto no puede pasar Nunca Más. 

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