
Bajo el lema “Madre, en tu abrazo nos reconocemos hermanos”, más de un millón de personas caminaron unos 60 kilómetros desde Liniers hasta las puertas de la Basílica Nuestra Señora de Luján. Entre la asistencia en la ruta, promesas familiares y el cansancio extremo al cruzar las puertas del histórico Santuario, la manifestación de devoción popular volvió a conmover al país.
Ni la tormenta, ni la baja temperatura, ni el barro al costado de la ex Ruta 7 lograron frenar la marea de fieles. Durante todo el fin de semana, la 52.ª edición de la Peregrinación Juvenil a Luján volvió a convertirse en la expresión de fe más multitudinaria de la Argentina, reuniendo a más de un millón de caminantes que unieron los casi 60 kilómetros que separan la iglesia de San Cayetano, en Liniers, con la emblemática Basílica, catedral y símbolo espiritual de la fe argentina.
La travesía, que se intensificó durante la noche y la madrugada del domingo, estuvo marcada por un fuerte despliegue logístico y comunitario. Puestos de asistencia de la Cruz Roja, organismos municipales, parroquias y cientos de voluntarios trabajaron sin descanso para ofrecer infusiones calientes, frutas, masajes y contención médica a los peregrinos agotados. La Universidad Nacional de Moreno (UNM) también participó activamente en asistir a los caminantes, junto a otras universidades nacionales.

A lo largo del trayecto por el conurbano bonaerense, las historias mínimas le dieron forma al sentido colectivo de la marcha. En los puestos de apoyo, el esfuerzo de quienes asisten es igual de intenso que el de quienes caminan.
Marina Caponera (56 años) y Carlos Ramírez (23 años), ambos integrantes del equipo de servicio de la Parroquia San Mateo de La Plata, acompañaron la travesía desde la logística. “Hace casi 40 años que la parroquia hace esto. Para nosotros María es la que nos lleva a Jesús, así que hacemos esto con mucho amor para que otras personas tengan la posibilidad de llegar a ella”, expresó Caponera. Para Ramírez, que vivió su primera experiencia como voluntario tras haber sido caminante en años anteriores, la noche exigió un compromiso total: “Es lindo entregar el esfuerzo de este lado, ayudar a otros a que puedan llegar a la Virgen y entregarle todo lo que traen. El cansancio de estar corriendo y haciendo las cosas vale la pena porque sabemos que es para algo más grande”.
Entre la multitud que avanzaba a paso firme en la oscuridad, la experiencia de quienes caminan desde hace décadas se combina con el impulso de las nuevas generaciones. Mario Alverico Moyano (76 años), quien salió desde Liniers como lo hace cada año, sintetizó el valor de la constancia: “La hago siempre. En los momentos difíciles le pedí a la Virgen y creo que corresponde seguir peregrinando. Es una forma de retribuirle: uno se aferra a Dios en las dificultades y, cuando pasan, hay que seguir manteniéndolo”.
La caminata nocturna dejó postales de enorme resiliencia. Entre los jóvenes que avanzaban contra el viento y la inestabilidad del tiempo se destacaba la figura de Ailén Villoria, de 20 años, quien realizó el recorrido desde Ituzaingó sola, empujando el cochecito de su hijo Valentín, de apenas dos años. “Venimos a cumplir una promesa. Pedimos que mi tía se mejorara y saliera de una situación muy crítica que tuvo en el hospital. Se cumplió, hoy está en su casa, y yo vengo a cumplir con mi palabra de caminar”, relató Ailén durante una breve pausa en la ruta. Para la joven madre, el esfuerzo físico de empujar el cochecito durante kilómetros se retrató en una simple frase: “Esto es fe. Fe en que todo se puede cumplir si uno hace las cosas con amor y con la convicción de que lo que uno pide se va a dar”.
Con las primeras luces del domingo, el ritmo pesado de las piernas dio paso a la emoción incontenible. Frente a la plaza principal y bajo la imposición majestuosa de la Basílica de Luján, el dolor físico acumulado tras más de doce horas de marcha se transformó en abrazos, rezos en voz baja y lágrimas de alivio.
Para miles de peregrinos, muchos de los cuales llegaron sin poder dar un paso más, apoyándose entre desconocidos o directamente quebrados en llanto al ver erigirse la imponente catedral al fondo de la avenida, la llegada representó la coronación de un acto de fe supremo.

A las 7 de la mañana, desde la explanada del santuario, se celebró la Misa Central, encabezada por el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva. Ante la multitud, García Cuerva brindó una potente homilía con un claro mensaje social.
“Nuestra patria tiene muchos abrazos pendientes”, expresó el arzobispo, utilizando una analogía directa con el sacrificio de los caminantes: “Así como nos curamos las ampollas de los pies, queremos, Madre, curar los vínculos entre nosotros. Las heridas de la descalificación, de la intolerancia y de la violencia física y verbal ya supuran, y parece que se está infectando el corazón del pueblo. Por eso es tiempo de unirnos“.
García Cuerva llamó a vencer la indiferencia hacia “los abuelitos”, las personas sin empleo, quienes duermen en la calle o los jóvenes atravesados por las adicciones, remarcando: “Si la Virgen de Luján nos abraza a todos, es imposible mirar al otro con desprecio, porque el otro es mi hermano”. Asimismo, el arzobispo destacó que el fervor de esta edición se enmarca también en la expectativa por la anunciada visita del Papa León XIV a la Argentina.
Una vez más, la Basílica de Luján volvió a ser el epicentro donde el sacrificio físico se disuelve en gratitud, confirmando que la histórica peregrinación no es solo un trayecto en el mapa, sino el latido vivo de un pueblo que camina unido a los pies de la Patrona de los argentinos.


