
“Cuando hay recortes, incertidumbre o una mirada que considera al arte como algo secundario, inevitablemente se resienten los espacios de producción, exhibición y encuentro. Por eso me parece importante defenderlos y entender que invertir en cultura no es un gasto, sino una forma de construir identidad, pensamiento crítico y comunidad”, señaló Guillermina Rivas, moderadora de Q&A e intérprete del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI).
Su reflexión sintetiza el contexto en el que se desarrolló la edición número 27 del festival, que desde su primera realización en 1999 se consolidó como uno de los eventos más importantes del cine independiente a nivel regional e internacional. Desde el 16 al 26 de abril, el BAFICI volvió a reafirmar ese lugar con cifras récord: se inscribieron 4.637 películas, de las cuales 1.014 fueron argentinas y 3.623 extranjeras, todas ellas provenientes de 113 países.
La programación mantuvo su estructura con tres competencias principales: Internacional, Argentina y Vanguardia y Género. Además, se sumaron más de veinte secciones paralelas, con distintas propuestas y espacios dedicados a nuevos realizadores como: Noches especiales, BAFICITO, Rescates, Trayectorias y Óperas primas. Por ello, resultó clave el trabajo de selección de películas para definir la cartelera del festival.
Por su parte, Agustín Masaedo, integrante del equipo de programación, expresó: “No programamos películas perfectas, sino películas vivas, que tengan algo para decir sobre el cine o sobre el mundo”. Por lo tanto, este trabajo se realizó de manera colectiva y con una mirada contextual, atravesada por las discusiones entre los programadores y por el momento histórico en el que se inscribe cada edición.
Pero más allá de su estructura, uno de los aspectos más valorados del BAFICI es el vínculo que se genera con el público. “Yo creo que las personas que miramos cine estamos esperando este festival en principio porque es accesible económicamente y, luego, porque vemos películas que quizás en otro lugar no podemos conseguir. Entonces se nota que el público disfruta de estar ahí, de contemplar, respetando el lugar único que es una sala de cine”, explicó Rivas.
El festival contó con espacios de intercambio, donde los espectadores pudieron dialogar directamente con quienes hicieron las películas al finalizar las funciones. “Se hacen preguntas técnicas, sobre la filmografía o se trata de encontrar sentidos”, describió la moderadora. Esto permitió ampliar la mirada sobre las películas y construir nuevas interpretaciones a partir de las preguntas y reflexiones de los espectadores.
Por otro lado, para quienes forman parte de la industria, el festival genera enormes oportunidades de reconocimiento, visibilidad y la posibilidad de compartir el espacio con otros profesionales del área. Lucio Giménez, editor del largometraje “Sí, cambio”, que integró la competencia oficial de Vanguardia y Género, destacó que el BAFICI “permite exhibir una obra en un evento cultural de gran masividad, dándole pantalla a películas a las que quizás les habría costado muchísimo estrenarse en salas”.
En esa misma línea, el festival aparece como un espacio de encuentro donde confluyen distintas miradas, trayectorias y formas de hacer cine. Estos intercambios no solo enriquecen lo artístico, sino que también generan vínculos entre quienes forman parte del sector, favoreciendo el desarrollo de nuevos proyectos. A su vez, permite ampliar las redes de contacto y abrir oportunidades dentro de una industria que, en muchos casos, resulta difícil de sostener sin espacios de visibilidad.
El acceso a propuestas que no forman parte del circuito comercial aparece como uno de los principales atractivos del festival. Hugo Canal Bialy, un espectador habitual, oriundo de Mar del Plata, recomendó participar de estas jornadas, ya que abre “la posibilidad de descubrir películas que de otra manera no se podrían conseguir o ver en pantalla grande”. Además, lo definió como “una mirada abierta a mucha filmografía que nos sorprende gratamente”.
Sin embargo, el desarrollo del cine independiente enfrenta dificultades en el contexto actual. Una de las principales problemáticas, como advirtió Giménez, es “la falta de financiamiento, la escasa participación del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) en promover la industria del audiovisual”. Esto impactó directamente en la producción audiovisual, en un sector que requiere recursos significativos para su realización.
En este escenario, muchos realizadores se ven obligados a buscar alternativas para continuar produciendo. Desde la organización del festival, Masaedo, quien además es coordinador artístico del BAFICI, aportó una mirada sobre estos cambios. Según explicó, en estos dos últimos años aumentó la cantidad de películas argentinas inscriptas, en parte como consecuencia de la crisis del sector y la falta de espacios alternativos. Además, observó una tendencia creciente hacia la coproducción internacional.
En este contexto, el festival no permaneció ajeno a esta situación. “Ningún festival sucede en una burbuja: depende de decisiones presupuestarias, de políticas públicas y también de cómo una sociedad valora la cultura”, añadió Rivas. Aun así, el BAFICI sostiene su identidad, con sedes distribuidas en distintos puntos de la Ciudad de Buenos Aires y una programación amplia y diversa, consolidándose como un espacio clave para la exhibición, el intercambio y la construcción cultural.

En cuanto a los principales premios, la Competencia Internacional fue para “Hair, Paper, Water…” de Nicolás Graux y Minh Quy Trương, una coproducción franco-belga-vietnamita, mientras que en la Competencia Oficial Argentina se impuso el documental “Plata o mierda” de Toia Bonino y Marcos Joubert. En la sección Vanguardia y Género, el reconocimiento fue para “Lo demás es ruido”, producida entre México, Alemania y Canadá, y dirigida por Nicolás Pereda. A su vez, el Gran Premio Ciudad de Buenos Aires al Mejor Largometraje Argentino fue otorgado a “Los vencedores” de Pablo Aparo, y el Premio del Público al Mejor Largometraje Nacional fue para “Machado” de Julián Tagle, en una edición que volvió a poner en valor la diversidad del cine independiente.


