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Comunicación Social (UNM)

Contaminación en la Antártida: el plástico llegó al fin del mundo

Un estudio argentino demuestra el aumento de la presencia de microplásticos en el cuerpo humano, y hasta fueron encontrados en el Continente Blanco. Su acumulación en el organismo puede resultar muy perjudicial y estamos frente a una bomba de tiempo ambiental y sanitaria, advierten los especialistas
El climatólogo Alfredo Costa y su equipo, perteneciente a la UNLP y al Conicet, en su laboratorio. Ese grupo, junto al CIMA y al Instituto Antártico Argentino lideraron la investigación.

Base Carlini, Antártida argentina .En uno de los lugares más remotos y prístinos del planeta, un grupo de científicos confirmaron un hallazgo que alarma: los microplásticos han llegado al continente más austral. El descubrimiento fue realizado por investigadores del Instituto Antártico Argentino (IAA) y el Centro de Química Orgánica (Universidad Nacional de La Plata-CONICET), en el marco de un proyecto pionero iniciado en 2022.

Los resultados, publicados en 2024, evidencian que estas diminutas partículas sintéticas de menos de cinco milímetros no solo circulan por océanos y ríos, sino también por el aire, alcanzando incluso el fin del mundo. “Encontramos muchas más partículas de las que esperábamos”, explicó el climatólogo Alfredo Costa, uno de los responsables de la investigación. El equipo utilizó un sistema mixto de muestreo activo y pasivo para recolectar partículas aéreas, detectando microplásticos transportados por los vientos, algunos provenientes de la Patagonia.

El contaminante omnipresente

Los microplásticos provienen de diversas fuentes. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), de Estados Unidos, se dividen en dos tipos: los primarios, de tamaños microscópicos (como los usados en cosméticos o insumos industriales), y los secundarios, generados por la fragmentación de objetos más grandes, como envases, bolsas o prendas sintéticas.

Su capacidad de atravesar continentes, océanos y ecosistemas los convierte en un problema global. Se los puede hallar en el agua, en la sal, en alimentos marinos y también en el aire. Algunas partículas pueden verse a simple vista, pero la mayoría son invisibles, incluso nanométricas. Flotan en la atmósfera, se inhalan y se depositan en la nieve o la lluvia, como lo evidenció el reciente monitoreo en la Antártida.

“El monitoreo de microplásticos en el aire no tenía antecedentes en esta región”, destaca Costa. El equipo utilizó muestreadores activos, con bombas de vacío que filtran aire, y muestreadores pasivos, simples frascos que recolectan partículas arrastradas por viento, nieve o lluvia.

El análisis químico de las muestras se llevó a cabo junto al Cequinor (UNLP-CONICET), y los primeros resultados revelaron una densidad preocupante de partículas en suspensión. “Esto cambia nuestra forma de entender la distribución de los microplásticos a nivel planetario”, agrega el especialista.

El proyecto, impulsado por el doctor Gabriel Silvestri (CIMA-CONICET), se concretó gracias al trabajo en equipo del IAA, incluyendo técnicos e invernantes que mantuvieron los equipos durante los rigores del invierno polar. Ahora se proyecta extender el monitoreo a otras bases, como Belgrano II, y al rompehielos Almirante Irízar, para obtener una mirada más integral y dinámica.

Posibles vínculos con el cambio climático

Aunque no existe una relación directa entre los microplásticos y el calentamiento global, los investigadores advierten sobre posibles efectos indirectos. “Estas partículas pueden influir en la formación y composición de nubes”, señala Costa. Además, si se depositan sobre superficies nevadas, como glaciares o mantos de hielo, pueden oscurecerlas y favorecer su derretimiento al absorber más radiación solar. Estos mecanismos aún se encuentran en estudio, pero evidencian una posible interacción entre la contaminación plástica y los sistemas climáticos.

No solo el ambiente está en riesgo. La toxicología advierte sobre las implicancias del ingreso de microplásticos al cuerpo humano. Según Carlos Colángelo, magíster en Toxicología y presidente del Consejo Profesional de Química de la provincia de Buenos Aires, “ya se han detectardo partículas en la sangre, lo cual es completamente anormal”. Estas partículas pueden ingresar por inhalación, ingestión e incluso a través de la piel. Una vez dentro, el cuerpo puede reaccionar con inflamaciones, alergias o daños celulares. Se investiga también su impacto sobre la microbiota intestinal, clave para el sistema inmunológico, y su posible relación con enfermedades crónicas.

De especial preocupación es la posibilidad de que crucen la barrera hematoencefálica y lleguen al cerebro. Experimentos en animales han mostrado partículas plásticas en tejido cerebral, lo que abre una inquietante línea de investigación sobre potenciales efectos neurológicos en humanos. “Aún no hay evidencia concluyente, pero estamos ante un posible problema sanitario global”, advierte Colangelo.

El viento: el gran transportador invisible

El hallazgo en la Antártida también demuestra la capacidad del viento para dispersar estas partículas. Ligados a los aerosoles, los microplásticos atmosféricos pueden recorrer miles de kilómetros, incluso hasta zonas sin actividad humana significativa. Esta dispersión plantea nuevos desafíos ambientales y de salud: “Puede haber comunidades que, sin saberlo, estén expuestas a concentraciones elevadas por estar en rutas de transporte aéreo de microplásticos”, señala el toxicólogo.

Una de las fuentes más cotidianas de microplásticos es el lavado de ropa sintética. Prendas como las de polar liberan miles de fibras invisibles con cada lavado. Estas partículas terminan en sistemas de desagüe, alcanzan ríos y mares, y pueden retornar al consumo en forma de agua potable, pescado o sal de mesa, por ejemplo.

A pesar de su tamaño, los microplásticos están presentes en todo lo que consumimos. Estudios estiman que una persona podría ingerir el equivalente a una tarjeta de crédito en plásticos cada semana. “No lo vemos pero está presente”, insiste Colangelo.

Aunque no se ha confirmado que los aquellos materiales causen muertes directas, su presencia constante y acumulativa en el organismo humano preocupa. “Es una amenaza silenciosa”, reconoce Colángelo. “La toxicología ha demostrado que muchos efectos crónicos tardan décadas en aparecer. Y estos compuestos pueden permanecer en el ambiente entre 400 y 500 años”, agrega el especialista.

Esto convierte a los microplásticos en una bomba de tiempo ambiental y sanitaria. Hoy no se dispone de mecanismos fisiológicos que los eliminen fácilmente del cuerpo y la respuesta a esta amenaza no pasa por la medicina, sino por la prevención. Regular la producción y el uso de plásticos, mejorar el tratamiento de aguas residuales, instalar filtros en lavadoras y desarrollar alternativas biodegradables son algunos pasos posibles. Pero requieren voluntad política, financiamiento sostenido y conciencia ciudadana. Costa, desde su laboratorio polar, lo resume así: “El plástico está en todas partes. Ya lo respiramos, lo comemos y lo tomamos. El problema es que no lo queremos ver. Pero llegó hasta la Antártida y eso debería encender todas las alarmas

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