
Este 24 de marzo se cumplen cincuenta años del inicio de una de las etapas más oscuras de nuestra historia. Ese día, pero de 1976, las Fuerzas Armadas derrocaron a la entonces presidenta en ejercicio, Estela Martínez de Perón, e instauraron un período marcado por el terrorismo de Estado, la tortura y la desaparición forzada de personas. Treinta mil argentinos fueron perseguidos, secuestrados, asesinados y desaparecidos. Además, alrededor de 500 bebés nacidos en cautiverio fueron entregados por los militares como “botín de guerra”.
Durante este medio siglo de lucha y de búsqueda, los aportes de la ciencia fueron esenciales. Una de las primeras preguntas que se hicieron las Abuelas de Plaza de Mayo fue cómo podían identificar a sus nietos y nietas en ausencia de sus padres. Con ese interrogante se acercaron a la comunidad científica internacional solicitándoles ayuda. A partir de ese pedido, empezaron a surgir respuestas de la mano de la genética. El desarrollo del “Índice de abuelidad” permitió analizar la probabilidad de parentesco entre abuelos y nietos. Luego, fueron ellas quienes también impulsaron la creación de un banco para almacenar sus perfiles genéticos y, de esta manera, garantizar la identificación de sus nietos.
“Esta institución fundamentalmente busca a esos niños nacidos en cautiverio, que fueron secuestrados junto a sus padres durante la última dictadura cívico-militar. Nosotros acá tenemos una base de datos donde, por un lado, se cargan todos los perfiles genéticos de los grupos familiares que vinieron para tratar de saber algo respecto del destino de sus nietos y nietas. Y, por otro lado, de todas aquellas personas que han dudado de su identidad y se han acercado a dar una muestra con el fin de que sean comparadas con todas estas familias que los están buscando”, afirma Mariana Herrera Piñero, la actual directora del Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG), creado en 1987.
Las personas que dudan de su identidad son recibidas, ya sea por la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad, o bien por la Justicia Federal que interviene en estas investigaciones, y son enviadas al BNDG. En cuanto a la metodología del trabajo, Herrera Piñero explica: “Una parte de la muestra queda resguardada en nuestro archivo y la otra parte ingresa dentro del laboratorio, donde extraemos el material genético que se encuentra en el ADN y estudiamos todos los marcadores que nos sirvan para esa identificación”.
Uno de esos marcadores es el ADN mitocondrial, que se hereda de madre a hijos e hijas, y continúa heredándose a las generaciones siguientes. “Una abuela materna de una mamá desaparecida le dio su ADN mitocondrial a su hija y su hija a su progenie. Es decir, un nieto de esa familia debería tener el mismo que su abuela materna. Este es un indicador muy bueno para la identificación. Lo mismo sucede con el cromosoma Y, que se hereda de varones a varones”. Una vez cargados, los perfiles genéticos de las personas que dudan de su identidad son comparados con los grupos familiares que buscan a sus nietos.
“Eso va a arrojar un cálculo probabilístico que nos permite saber cuántas veces es más probable que esa persona que vino sea el nieto de una familia o no. Cuando esa probabilidad es muy baja eso significa que esa persona no pertenece a ninguno de los grupos familiares que están buscando a sus víctimas. En caso de que dé muy alta ahí es cuando estamos ante una posible identificación de un nieto o nieta de desaparecidos”, relata Herrera Piñero.
Trabajo en conjunto
Por el BNDG han pasado más de 16 mil personas a lo largo de estos 39 años de vida del organismo. Gracias a esta iniciativa se lograron hacer 92 identificaciones de los 140 nietos recuperados que hay hasta el día de hoy. Estos resultados son producto también de un trabajo articulado con otras instituciones científicas, como el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que aplica metodologías y técnicas de diferentes ramas de las ciencias forenses para la investigación, búsqueda, recuperación y restitución de personas desaparecidas.
Diego Argañaraz Fochi es antropólogo e integra el EAAF desde el 2006, cuando comenzaron los trabajos en su provincia, Tucumán. Es el nexo entre la institución con, por un lado, el Poder Judicial y, por otro lado, con los familiares y organismos de derechos humanos. “Nuestro trabajo es totalmente interdisciplinario. Historiadores, geólogos, cartógrafos, antropólogos, arqueólogos, médicos forenses son parte de los actores que interactúan con nosotros para poder llevar a cabo las investigaciones preliminares, las de campo y laboratorio”, cuenta en diálogo con ANUNM.
Las tareas del EAAF incluyen las investigaciones preliminares, donde se entrevista a familiares de desaparecidos para reconstruir sus historias, la recuperación arqueológica de los cuerpos y el análisis multidisciplinario de laboratorio. Fueron una pieza clave en la identificación de las 12 personas que estaban desaparecidas, en “La Perla”, el ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio en Córdoba. Además, desde su fundación hallaron e identificaron a 121 soldados argentinos que estaban enterrados en las Islas Malvinas bajo el lema “Soldados sólo conocidos por Dios“.
“Nosotros compartimos mucho tiempo con los familiares y uno siente esa energía que transmiten de no rendirse y de tener la lucha presente. Poder lograr una identificación es una alegría inmensa porque detrás de eso hay un trabajo de muchísima gente”, dice Argañaraz Fochi. Además señala que a pesar de que se ha logrado identificar a muchas personas, todavía faltan más. “Sabemos que el tiempo es una mochila muy pesada porque, además de identificar y encontrar, nos parece importante restituir y devolverle a las familias los restos. El paso del tiempo es durísimo y cada vez hay menos padres y madres, muchos son muy grandes, siempre estamos con ese sentimiento de que nos falta un montón”, agrega.
La genética y la antropología no son las únicas disciplinas que hacen sus aportes en este proceso de identificación de los desaparecidos. Por su parte, la geología es parte fundamental, sobre todo, durante las fases preliminares de las investigaciones. Guillermo Sagripanti, doctor en Ciencias Geológicas, encabeza el Equipo de Geología Forense de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC). Se trata de un grupo pionero en la Argentina y en el mundo en la búsqueda de restos de desaparecidos a partir del análisis del subsuelo.
“Nosotros tenemos conocimiento del subsuelo y contamos con los métodos para hacer una prospección que nos permita ver e interpretar si hubo alguna modificación del mismo. Hacemos toda la etapa de inventario, antecedentes y análisis de fotos. En el caso de los desaparecidos trabajamos con fotos aéreas verticales, que analizamos con el fin de ver si hubo cambios en la morfología superficial y en el uso del suelo”, relata Sagripanti. Luego de esa indagación, realizan una zonificación, es decir, una delimitación de la superficie para hacer una inspección visual.
En caso de haber un hallazgo, serán los arqueólogos y antropólogos los encargados de exhumar e identificar esos restos. Por eso, sin dudas, es un trabajo en equipo que reúne a especialistas de distintas áreas. Cabe destacar que el rol de Sagripanti fue clave a la hora de orientar la búsqueda en el predio de “La Perla”, que cuenta con más de 14 mil hectáreas. A partir del análisis de una fotografía aérea de 1979, el investigador logró delimitar un área específica en la cual luego se encontraron restos humanos.
“Me pasan las fotos, las analizo y empiezo a buscar evidencia de que haya alguna intervención antrópica, es decir, evidencia de intervención del hombre que se pueda detectar en la superficie de la imagen. Encontré algunos indicadores y realicé una zonificación, después hicimos un análisis en forma conjunta con el EAAF, y tomamos la decisión de ingresar a un determinado lugar. Después del análisis definí 10 hectáreas, finalmente descartamos 4 y ahora estamos trabajando en 6”, cuenta Sagripanti. Entre los restos recuperados se encontraron, por ejemplo, partes de cráneo y otros fragmentos óseos que fueron sometidos a estudios para la posterior identificación.
La memoria vence al negacionismo
En estos 50 años, y pese a la innumerable cantidad de pruebas contundentes, ciertos discursos que circulan niegan y relativizan nuestro pasado reciente. Se trata de interpretaciones que simplifican y contradicen la evidencia que se pudo acumular durante estas décadas. “Esa prueba objetiva científica que hacemos nosotros todos los días tiene dos funciones. Por un lado, dar una respuesta a una familia respecto de qué fue de ese nieto o esa nieta. Y, por otro lado, nosotros estamos poniendo una semillita en la historia de nuestro país y en las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. Es muy fuerte lo que uno siente en ese momento. Eso nos motiva a seguir trabajando, y nos recuerda la importancia de la búsqueda colectiva”, sostiene Herrera Piñero.
Por su parte, para Argañaraz Fochi se trata de poder dar un poco de luz entre tanta incertidumbre. “Creemos que es súper importante mostrar a la sociedad en general este pasado que muchas veces fue negado o disminuido. Estas pruebas tan irrefutables demuestran el poder de la represión estatal y también ese esfuerzo por ocultar los restos y negarlos. La motivación es darle una respuesta a esas familias que siguen esperando y también poder visibilizar a la sociedad con pruebas contundentes de este pasado”, afirma.
Sin duda, las acciones que llevan adelante contribuye a construir y fortalecer esa memoria. “No es solo algo que repara a las familias, sino que también recompone el tejido social. Mantener este tipo de políticas públicas es una obligación del Estado Nacional”, concluye Herrera Piñero. En tiempos donde el pasado reciente vuelve a ser objeto de disputa, el trabajo de estos organismos científicos resulta fundamental para la construcción de la Memoria, la Verdad y la Justicia.


