
En el ámbito escolar actual se llevan a cabo nuevas formas de acompañamiento, de este modo, diferenciar integración e inclusión es clave, ya que no alcanza con que un niño esté dentro del aula, sino que pueda participar con la propuesta pedagógica. Para eso existe el rol del Acompañante para la Inclusión Escolar (AIE), una figura profesional que, en los casos contemplados por el Certificado Único de Discapacidad (CUD), interviene para contener conductas, anticipar situaciones y disminuir las barreras que dificultan la participación.
En Argentina, según la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), en el último relevamiento actualizado a noviembre de 2023, 1.680.723 personas disponen del CUD vigente, y ese universo es el 3,65% de la población nacional. De este modo, una proporción significativa corresponde a niñas, niños y adolescentes. En este sentido, UNICEF estima que solo la mitad de los estudiantes con discapacidad logra acceder efectivamente al sistema educativo común, y que gran parte de esa permanencia depende de la disponibilidad de apoyos sistemáticos dentro del aula.
Sin embargo, el acompañamiento escolar no está garantizado en todos los casos y solicitudes. El Estudio Nacional sobre el Perfil de las Personas con Discapacidad (INDEC–ANDIS) muestra que las mayores complicaciones que enfrentan los estudiantes son pedagógicas y actitudinales, más que individuales. Aquellas son actividades que no contemplan modos alternativos de comunicación, consignas extensas sin apoyos visuales, tiempos acotados, ruidos excesivos o falta de anticipación en los cambios de planificación. Sin intervenciones específicas, estos obstáculos pueden generar ansiedad, frustración y aislamiento dentro del aula.
El rol del acompañante: adaptar para incluir
En este escenario, la presencia de un profesional de apoyo funciona como una herramienta que equilibra la balanza entre las dinámicas del aula y las particularidades del estudiante. La integración especializada permite que cada uno pueda participar, comprender las propuestas y sostener la jornada, adquiriendo un sentido real por fuera de la planificación escolar.
Florencia Michel, licenciada en Psicología de la Universidad Nacional de la Plata (UNLP) y profesional con experiencia en inclusión escolar explica que “la función del AIE es pensar e implementar distintas estrategias para que el alumno/a pueda ser parte de las actividades y de la rutina escolar, disminuyendo las barreras que dificultan su participación, ofreciendo variables que hagan posible su inclusión”.
Estas intervenciones permiten que el estudiante no solo permanezca en el aula, sino que pueda comprender y participar de lo que allí sucede. Para muchos niños, la falta de adaptaciones concretas se traduce en frustración, desregulación emocional o aislamiento dentro del grupo. El acompañante actúa, entonces, como un puente entre el niño, el docente y la propuesta pedagógica.
La planificación conjunta con el docente es otro aspecto clave. El AIE no trabaja por fuera del aula, sino dentro de una red que sostiene la inclusión. De este modo, Michel manifiesta: “Lo ideal es poder tener un diálogo constante con el/la docente para transmitir las necesidades a considerar al plantear las actividades. En caso de no poder modificar la actividad, se piensa la alternativa que se planteará para el niño/a específicamente”.
Gracias al acompañamiento, muchos estudiantes logran disminuir la ansiedad, sostener la atención por más tiempo y participar de manera más activa. Siguiendo este criterio, los cambios no son sólo académicos, sino también emocionales, ya que mantienen más tranquilidad, mayor disponibilidad para aprender y una mejor predisposición a vincularse con sus pares. El apoyo y la contención termina siendo un pilar fundamental en este proceso de aprendizaje.
Siguiendo este punto, Michel menciona que “cuando la integración es positiva, se los puede observar más tranquilos y felices, lo que suele también impactar en su apertura a la socialización, ya que muchas veces, el malestar general es lo que dificulta”.
Cuando la planificación áulica no alcanza: desafíos cotidianos para docentes
Más allá del trabajo del acompañante, la dinámica escolar enfrenta tensiones propias. En muchos grados conviven niños con diagnósticos diversos, necesidades sensoriales distintas y tiempos de respuesta muy variables. Cuando no hay un apoyo sistemático, las docentes deben sostener la clase mientras atienden conductas, regulan estímulos o buscan alternativas para quienes no pueden seguir el ritmo.
En un mismo grupo forman parte estudiantes con tiempos, modos de atención, necesidades y dinámicas muy distintas. Sin un apoyo específico, el docente queda solo intentando equilibrar la dinámica grupal con las demandas individuales, algo que en la práctica suele volverse insuficiente ya que no se cuentan con las herramientas, pero se soluciona con una planificación en conjunto al acompañante.
Carla Leiva Salinas, profesora de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional del Nordeste, Acompañante Pedagógica No Docente (APND) y estudiante de Psicopedagogía en la Universidad Kennedy, explica que “las barreras más frecuentes aparecen cuando no hay adecuaciones curriculares ni apoyos de acceso. Esto provoca dificultades para comprender consignas y con el tiempo, un desfasaje académico que impacta en la autoestima del estudiante”.
De este modo, desde todos los aspectos posibles dentro de una misma realidad, la inclusión real solo es posible cuando las propuestas pedagógicas contemplan la singularidad y se adaptan a cada tipo de condición y desarrollo cognitivo. Sin apoyos, muchos estudiantes quedan por fuera de la actividad y dinámica aun estando presentes, y el grupo completo se ve afectado por la falta de estructura y planificación conjunta.
Desde su doble rol, Leiva reconoce la tensión cotidiana: “Es muy difícil para un docente trabajar de manera individual en aulas de 30 o 35 estudiantes. Muchas veces sabemos qué necesita el alumno, pero no podemos sostener el uno a uno que requiere”. Aun así, diferencia una inclusión meramente formal de una inclusión efectiva: “Cuando la integración está bien articulada, el alumno se muestra con más confianza, sostiene más la atención, participa más y se anima. Cambia la autoestima y cambia el vínculo con el aprender”, agrega.
En este mismo sentido, Gabriela Distefano, docente de Nivel Inicial de la Universidad del Salvador (USAL) y nivel primario señala que cuando hay varios estudiantes con acompañamiento en un mismo curso, se multiplican los estímulos: “Las dificultades son muchas: ruidos, movimientos constantes en el salón, conductas disruptivas”. En esos casos, el trabajo conjunto es clave: “La estrategia principal es el trabajo colaborativo con el acompañante de inclusión”.
Lo que influye en la casa: inclusión desde la experiencia familiar
La participación de las familias es uno de los pilares más determinantes en el proceso de integración. Sin embargo, no todas transitan ese camino de la misma manera. Para muchos padres, recibir un diagnóstico o sospecha sobre el desarrollo de su hijo implica atravesar miedos, incertidumbres y una mezcla de emociones difíciles de describir. En ese contexto, no es alejado que aparezca la negación, la idea de que se puede solo y que solicitar acompañamiento escolar sea un exceso que su hijo no necesita. Aunque esta reacción busca proteger, suele retrasar intervenciones que podrían aliviar el día a día del niño y mejorar su experiencia en el aula.
Al mismo tiempo, existen familias que logran aceptar al poco tiempo lo que su hijo necesita. Acompañan, preguntan, se vinculan con los profesionales y sostienen el proceso con la convicción de que pedir ayuda no es excesivo, sino que es una forma de habilitar oportunidades y herramientas que benefician el proceso cognitivo. Cuando ese apoyo se construye desde la aceptación, la inclusión avanza más rápido, el estudiante accede a estrategias que lo contienen y los docentes pueden trabajar con mayor claridad en conjunto al equipo escolar, encontrando un objetivo compartido.
Nadia Molina, mamá de Emma, niña diagnosticada con Trastorno del Espectro Autista (TEA), cuenta que el proceso de escolarización fue cambiando a medida que su hija crecía. “En el jardín no fue tan difícil, pero en sala de 4 y 5 empezó a necesitar acompañamiento, y en primer grado aparecieron más dificultades claras en lo académico”, explica. A lo largo de este recorrido, destaca que el vínculo con el acompañante fue clave: “Cuando hubo empatía y llegada, los cambios fueron sumamente positivos. Cuando no existía ese ‘feeling’, se notaba en sus cuadernos y en su comportamiento”.
Desde su vivencia, menciona la importancia del trabajo articulado entre familia, escuela y profesional: “Ese nexo entre docente e integrador es esencial para ayudar a mi hija en el proceso escolar y para saber cómo acompañarla también desde casa”, exclama. Para Molina, la inclusión no se limita al aprendizaje académico, sino que impacta directamente en lo emocional y social.
De este modo, la inclusión en el proceso de aprendizaje va más allá del aula, y cuenta que “el acompañamiento le da seguridad, la ayuda a regularse y a formar vínculos, que es una de las cosas más difíciles con su condición”. En este sentido, concluye: “Aunque mi hija adquiera nuevas fortalezas, el acompañamiento sigue siendo una herramienta clave para su desarrollo”.


