
El avance de la inteligencia artificial (IA) en Argentina no ocurre con la velocidad de los países centrales, pero sí con la suficiente intensidad como para obligar a repensar el presente laboral. Entre expectativas y temores, la discusión se abre paso en fábricas, oficinas, universidades y sindicatos.
En ese clima, Mariano Zukerfeld licenciado en Sociología y doctor en Ciencias Sociales, dice: “La Inteligencia Artificial no es simplemente una innovación técnica, sino una forma históricamente específica de organizar el conocimiento que reconfigura relaciones de poder”. Su afirmación da a la idea de que la IA es solo una herramienta: la ubica como un dispositivo que redefine quién produce valor y quién se beneficia.
Zukerfeld, que es investigador del Conicet, lleva la reflexión más lejos cuando describe cómo funciona la IA en el capitalismo digital actual. Dice que “opera como un mecanismo de explotación por copia, donde el valor se produce mediante la reproducción masiva de conocimientos previamente generados por sujetos sociales”. Esta idea interpela a un país donde amplios sectores ya conviven con la precarización y con desigualdades que rigen hace décadas
Aunque advierte sobre los riesgos, también aclara que no todo es negativo y que existe un horizonte posible. “Puede reducir desigualdades si se orienta hacia fines públicos: automatizando tareas riesgosas, ampliando capacidades y habilitando nuevas formas de cooperación”, afirma el sociólogo. La clave, no está en el algoritmo sino en las decisiones. “Esto depende de decisiones políticas más que de la tecnología en sí”, dice Zukerfeld
El sociólogo también señala una tendencia que se ve en todo el mundo: creer que estos sistemas son neutrales cuando no lo son. Advierte que “la automatización puede reforzar sesgos bajo la apariencia de neutralidad, generar opacidad, desplazar el juicio humano y producir nuevas formas de alienación”.
Por otro lado, Matías Maito licenciado en Ciencias Políticas y director del centro de Capacitación y Estudios sobre el Trabajo y el Desarrollo (CETyD) de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), afirma que “no es la primera vez que surgen perspectivas algo apocalípticas, y nunca esas miradas se verificaron en la realidad. Siguió habiendo trabajo; se automatizaron puestos y se crearon otros”. El problema no es que el país automatice demasiado, sino demasiado poco.
El politólogo dice: “Lo primero que tenemos que pensar es de qué manera podemos reducir las brechas tecnológicas, cómo incentivar la incorporación de tecnologías en nuestro tejido productivo”. La automatización, lejos de amenazar el empleo local, aparece como condición para mejorarlo. Allí emerge su idea de una “agenda de primera generación”: incorporar tecnología para que la economía pueda generar empleo de calidad.
Siguiendo con esto, Maito también describe una “agenda de segunda generación”, más compleja y cercana al futuro inmediato en el que agrega una reflexión sobre el país. “Qué pasa con esos empleos que se ven efectivamente automatizados; cómo hacemos para que ningún trabajador se quede atrás, que reúna las competencias necesarias para poder operar en entornos con mayores niveles de tecnología” se pregunta el politólogo.
La formación profesional es la herramienta clave, aunque se reconoce que hoy está “debilitada” en el país. Sin políticas de capacitación y sin sindicatos preparados para discutir datos, algoritmos y productividad, la IA puede ser una oportunidad perdida. En un escenario de cambios acelerados, esa falta de preparación podría ampliar brechas en lugar de cerrarlas.
Otro aspecto que Maito pone sobre la mesa es la transformación de la jornada laboral. “La jornada rígida de ocho horas se fue rompiendo, Hoy proliferan esquemas imprevisibles que desorganizan la vida de los trabajadores”. De esta forma la IA podría profundizar ese desorden o, en cambio, habilitar una reorganización más humana del tiempo. Lo que define el camino no es la tecnología: son las decisiones empresariales y los acuerdos laborales.
Juan Enrique, licenciado en Economía y director de Sigma Global aporta una tercera mirada, más centrada en mercados y distribución. “La Inteligencia Artificial es la optimización de las bases de datos. Lo que no tiene es capacidad de análisis humano”, afirma el economista. Su advertencia es concreta: la IA puede agilizar procesos, pero no reemplaza la interpretación, un elemento crucial en sectores como el financiero.
Frente a ese panorama, Enrique insiste en la necesidad de políticas públicas que acompañen los cambios. Para él, no alcanza con reconocer el impacto de la IA: hace falta una respuesta estatal que esté a la altura del ritmo tecnológico. “Las tecnologías que mejoran la productividad siempre reclaman políticas progresivas que generen efectos distributivos, que no generen concentración” advierte el economista.
Su argumento es claro “Hoy estamos viendo que una persona posee más riqueza que una nación, y eso es nocivo”, enfatiza el economista. La frase resuena con fuerza en un contexto donde la concentración económica crece a la par del avance tecnológico. Esta tendencia no es un efecto secundario, sino un síntoma claro de hacia dónde puede derivar un desarrollo sin regulaciones ni intervención pública.
Enrique comparte una intuición con Maito: el equilibrio entre empleo y automatización no se da solo. El economista afirma: “Siempre se logra con un árbitro, y los árbitros son los estados”. La clave para trabajadores y empresas es simple, pero exigente: “La única forma de enfrentar el mundo que se viene es estudiar, capacitarse constantemente”, agrega Enrique.
La IA no es un destino, sino un campo de disputa. No destruye trabajos por definición, pero puede hacerlo si se la deja operar sola. No democratiza el conocimiento automáticamente, pero puede hacerlo si existe un proyecto que lo sostenga. Y, sobre todo, demanda nuevas capacidades: “Lo esencial es adquirir competencias críticas. Lo decisivo no es saber programar, sino interpretar y orientar las relaciones sociotécnicas”,afirma Zukerfeld.
En un país acostumbrado a crisis recurrentes, pensar el futuro del trabajo puede parecer un lujo. Pero quizá sea lo contrario: una necesidad urgente. La IA avanza, con ritmos distintos según el sector, y obliga a decidir qué tipo de desarrollo se quiere. La pregunta no es qué hará la inteligencia artificial con nosotros, sino qué queremos hacer nosotros con ella. Y esa respuesta, más que técnica, será profundamente política.


